CINEMA PARAÍSO

Tener un cine caro y con aspiraciones de elegancia no convierte a los usuarios en elegantes automáticamente. En estas salas puedes pasar con tu charola con comida y si, durante la función, molestas a los vecinos porque masticas las palomitas con la boca abierta; o se te olvida quitarle el sonido a tu celular, suena a mitad de la película y te pones a platicar con quien te llamó o comentas en voz alta las escenas porque no las entendiste o porque creíste entenderlas mejor que el resto y se las explicas, estás afectando el derecho de los demás de ver el filme con tranquilidad.
Los aludidos podrán decir “si no te gusta pues no vayas al cine y renta o compra tus películas para que las veas en la comodidad de tu casa”. Sí, podrían ser las soluciones a todos esos males. Pero a los que nos gusta disfrutar el cine en tiempo y forma no queremos ser excluidos de una actividad que implica tolerancia y respeto entre los que alternamos durante una función.
Estoy de acuerdo en que los dueños del negocio pueden vender lo que los usuarios demandan como complemento para disfrutar de una película, pero el resto corre por nuestra cuenta: no masticar como cerditos ni ignorar que nuestros aparatos celulares sirven de mucho pero que tienen medios para no ser detectados por los demás, o guardar los comentarios para el final de la película en que puede contarse toda la película con fechas, nombres, intenciones del director, dudas, etc.
Una anécdota clásica de nuestra ciudad es que durante una escena de acción impactante no faltan quienes inconscientemente dejan salir un tssssst largo y fuerte que semeja una pelota a la que se le escapa el aire y que significa en lenguaje popular: ¿y ahora qué va a hacer el héroe?, ¡Qué barbaridad!, o cualquier expresión que denote asombro y miedo.
Tal vez no debería ser tan estricta en cuanto a comer y comentar la película porque mi abuela tenía estas costumbres -menos el silbido- y aunque no me gustaba acudir al cine con ella por esa razón, sí lo hice una última vez en plenos años de adolescente en que me encantaba acudir al cine y dejarme llevar por la historia sin que nada interrumpiera la ensoñación o la aventura que me brindaba la película.
Frente al cine Guerrero de aquellas épocas vendían todo lo necesario para ver la película a gusto: taquitos dorados de los cuales mi abuelita, tomando en cuenta que íbamos seis personas, compró como quince taquitos bien chiquitos y delgaditos que parecían no tener ningún relleno, duros como si los hubieran preparado desde varios días atrás (lo cual sería una excluyente de responsabilidad para ella), refrescos, pistaches, cacahuates y dulces a granel, literalmente eran a granel porque no existían tantos dulces empaquetados como en la actualidad.
Una vez completada la operación de contrabando bajo el rebozo de mi abue que era muy útil para pasar la revisión severa de quien recibía los boletos, ya sentados en nuestra butaca y cuando Chonita creía que el hambre arreciaba, se daba paso a la repartición de comida. En esa ocasión, los taquitos iniciaron el ataque y la abuelita decidió que mis padres tenían que comerlos primero “ándale hija, ándale yerno”. Muchos en la planta baja del cine Guerrero se enteraban que estábamos engullendo los tacos, “pásale a las niñas” “no me gustan, abuelita” “cómo no te van a gustar si están bien doraditos, agarra uno por lo menos” “está bien” y con cara de fuchi, su nieta tomaba un taco y lo sostenía hasta el intermedio por todo el ruido que implicaba consumirlo.
Mi abue, quien no permitía interrupciones en sus telenovelas, sí podía hacer comentarios sobre las conductas de los protagonistas y la trama de la película. Pronosticaba lo que sucedería y si por alguna razón se perdía algún detalle, preguntaba y no quedaba conforme hasta que alguien le explicaba. En fin, que ir al cine con mi abuela era para mí, en ese tiempo, un sufrimiento porque no me permitía imaginarme a mí misma como la encantadora protagonista de la película a la que todo le sale bien después de muchas peripecias. Hoy las películas de moda son las proféticas acerca del fin del mundo, ¿está usted preparado?
Publicado en Vértice 2009

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