ESPIRAL*

*Proceso que aumenta de manera incontrolada y progresiva.

Es triste regresar a la tierra anhelada y encontrarla convulsionada por la violencia. México y nuestro estado de Guerrero están sometidos a una espiral de violencia que no nos merecemos. La padecemos sin poder hacer nada más que rezar para que nosotros y nuestra familia no estemos en el momento o lugar inadecuados cuando salimos de casa o incluso cuando estamos en ella.

¿Se imaginan, nuestro hogar un lugar inapropiado para estar en algún momento? Antes esto se refería a las historias de abuso intrafamiliar. En la actualidad, en tu casa pueden suceder tantas cosas como tiroteos enfrente de ella con balas que alcancen el interior, levantamientos violentos con autos atravesados en la calle y varios desconocidos apuntando a tus hijos, a tu pareja y a ti mismo en tu sala.

En tu auto jamás estarás seguro, y no se trata de las probabilidades de tener un accidente vial, sino de que puedes ser blanco de la delincuencia organizada que estará atenta a tus movimientos y puede levantarte en el momento más inesperado para ti, en lugares públicos que antes considerabas seguros como el estacionamiento iluminado de un centro comercial concurrido.

Hace unos días regresé a México después de una ausencia de tres meses y lo primero que me preguntó mi esposo fue ¿a qué horas llegas? En la noche después de las diez. Quédate mejor en la ciudad de México, evita subirte al avión para Acapulco, el puerto es inseguro sobre todo en las noches. No creí que en unos meses la violencia se volviera peor que cuando partí en junio.

En pláticas de chat con amigos que sobreviven en Acapulco me explicaban que la ciudad se ha convertido en zona de guerra, en un Irak mexicano, el mismo infierno, me dijo alguien. Según palabras de mis amigos: el centro es una zona de riesgo, se han encontrado mantas advirtiendo que no quieren a nadie en las calles después de las diez de la noche, hay por lo menos cuatro muertos diseminados por el puerto cada noche, la autopista tiene accesos clandestinos que la vuelven insegura…

Hace seis meses todavía mi esposo, mis hijos y yo transitábamos el tramo de la autopista Acapulco-Chilpancingo por la noche. Esta semana lo analizamos tanto que parecía que íbamos a hacer una travesía al Amazonas: nosotros llegamos antes de las diez al aeropuerto pero vamos a salir después del toque de queda, por dónde es menos riesgoso, a qué nos exponemos por esta ruta, y si la caseta de Metlapil resulta más peligrosa, vámonos por el centro donde hay casas y gente, y si nos hospedamos en el puerto, y si mejor nos regresamos de inmediato a la capital…

Qué horror que una recepción por parte de tu familia tenga que ser tan preocupante porque nuestro gobierno es incapaz de brindarnos seguridad en lugares públicos y privados. Acapulco que antes era muy visitado, hoy se ha convertido en un lugar deshabitado por las noches con las pérdidas económicas inevitables para los dueños de los lugares nocturnos, para las finanzas municipal y estatal como consecuencia del cierre de esos lugares y para los habitantes en general.

¿Cuándo va a parar esta espiral de violencia? ¿Quién la va a parar? Todos nos quejamos pero no podemos hacer mucho para contrarrestarla. Tratamos de acercarnos más unos a otros para se nos vea en conjunto, nos lamentamos de nuestras heridas, hacemos duelos nacionales por los caídos en esta guerra en apariencia inevitable, nos mantenemos en nuestros asuntos tratando de ignorar lo que sucede, haciendo que todo transcurre en la antigua normalidad. Hoy la normalidad es la sangre derramada por esta guerra sin cuartel.

Publicado en Vértice el 03 de septiembre de 2011.

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