El soleado Acapulco.

Con un título muy cercano a “Métete, el agua está buena”, Bryan Curtis escribe sobre su experiencia en nuestro país como turista norteamericano, en el número más reciente de Newsweek. Relata su arribo al puerto de Acapulco a un hotel muy conocido, su alocado viaje en un taxi VW desde el aeropuerto, su cena de molcajete acapulqueño con mucha carne y “cactus” -como ellos conocen a los nopales- en un restaurante solitario de la Costera y sus entrevistas con políticos mexicanos.
El artículo está permeado de una visión gubernamental que quiere destacar el lado bueno de la guerra contra el narcotráfico del presidente Felipe Calderón y la conveniencia de la campaña  con la que la Secretaria de Turismo, Gloria Guevara,  intenta reposicionar a todo el país entre los destinos turísticos más deseados. No hay mucho margen para el optimismo, sin embargo.
Lo dice Curtis en forma implícita al citar hechos sangrientos situados en un edificio muy cercano al hotel donde se hospedó, al mostrar cifras de los muertos que han aparecido por todo el país y al mencionar las campañas para que los ciudadanos norteamericanos eviten venir a México como la del gobernador de Texas Rick Perry. Tampoco ayuda mucho una de las fotos que publicaron en la revista, dos cadáveres cubiertos con bolsas de plástico negro en primer plano, la playa y el mar como fondo en pleno día.
Las entrevistas con diferentes personajes de la camarilla gubernamental mexicana como Alejandro Poiré, vocero de la seguridad federal, y la propia Gloria Guevara, tienen su contraparte en las que Curtis tuvo con políticos de su país que representan la mentalidad del norteamericano promedio y su idea de México en este momento: Gregg Abbott, Fiscal General de Texas,  expresó que “viajar a México es tomar la vida entre tus manos”; Ted Poe, congresista de Texas,  dijo llanamente que “él no vendría a México” y el mismo gobernador de Texas, Perry, no quiere a sus hijos viajando por nuestro país. No es raro que el “sunny” -soleado- Acapulco de hace unos años con turistas internacionales, se haya convertido en un puerto vacío, “un paraíso desierto, a excepción de las tropas del ejército”.
A pesar del interés en hacer notar lo rescatable de nuestro Puerto, el autor sufre para lograr entusiasmar a alguien en tres páginas.  En un intento desesperado para diferenciar entre el Acapulco de la costera, del mar y de los turistas del Acapulco rural, diciendo que las tragedias tienen lugar del otro lado de la Sierra Madre, en Las Cruces y Renacimiento “comunidades distantes” situadas en el mismo municipio pero que nada tienen que ver con el verdadero Acapulco, Curtis denota un desconocimiento total del puerto, porque  ambas son colonias de la ciudad que visitó a finales del verano.
Para el articulista, lo envidiable de la situación radica en que los turistas intrépidos, nacionales o internacionales, tienen su recompensa al venir a Acapulco y encontrar lugares desolados con precios tan bajos que vale la pena arriesgarse unos días más para disfrutarlos. Por supuesto, los acongojados trabajadores de los hoteles y restaurantes sólo atinaron a decirle: Señor, usted puede quedarse tanto tiempo como quiera…

Publicadoen Vértice el 08 de octubre de 2011.

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