Otoño

Las hojas de mis árboles se están poniendo rojas. Otras se vuelven amarillas, muchas de color naranja. Cafés y secas se deslizan por todas partes desde los árboles a los que pertenecían, tapizando jardines y veredas, dando la impresión de abandono y desidia, de soledad y tristeza.

Este bosque encantado guarda secretos detrás de sus ramas colmadas de hojas nuevecitas, brillantes y verdes, me permite hoy ver a través y encuentro un panorama distinto, que no imaginaba siquiera detrás de mis árboles. Míos son porque los veo, los admiro y los disfruto, comparto con ellos mis vivencias. Siempre están ahí, esperando con paciencia que mis ojos vuelvan a posarse en ellos y mi boca les susurre mis nuevas experiencias.

¡Qué rápido cambia el paisaje! Hace unos días era verano y los árboles estaban repletos de hojas de un verde intenso, ahora es otoño y esas hojas caen veloces, sin tregua ni fatiga. Se desprenden con la ayuda del fuerte viento y de la lluvia intermitente. Los árboles cubiertos de follaje, se han vuelto troncos y ramas desnudos que parecen temblar con el frío. Al igual que yo, que extraño el calor de mi tierra pero disfruto este nuevo lugar a donde mis pasos me han traído por un tiempo.

Las hojas de mis árboles se están volviendo rojas y muy lejos están las causas que las tiñen de rojo en mi tierra. No es por los muertos del narcotráfico que salpican todo en su caída, no es por los cuerpos desmembrados levitando desde lo alto y escurriendo su sangre, haciendo arroyitos que se vuelven ríos y llegan al mar. No es por los decapitados que se cuentan por docenas en calles céntricas de las ciudades sin que alcancen las bolsas negras para cubrirlos ni las cintas para atarlos.

Sólo es el otoño, que este año pisa fuerte y con prisa, envolviendo el panorama con su dorado precioso, su naranja sublime y su rojo intenso, sin comprender que me inquieta al recordarme a mi país, ahora cubierto por una espesa capa roja de diferente procedencia. Es la sangre de los mexicanos vertida en una guerra civil de gran intensidad para saber quién es el jefe con más poder, el que controla mayor territorio. Una guerra que incluye no sólo a sus soldados, sino a gente inocente que cae sin saber qué es lo que ha pasado, asombrada de estar en el lugar y momento equivocados.

No quiero más montones de muertos a los que nadie reclama, no quiero mensajes escritos en los cuerpos sin vida, ni quiero gente matando con saña inaudita. Quiero regresar a mi eterno calor guerrerense sin luchas de cárteles, sin balaceras en las avenidas y en los campos, sin rumores apagados de violencia y miedo, sin sangre por doquier anegando nuestros suelos y revolviendo nuestros mares. Temo que la primavera retornará más rápido a las montañas que la paz a nuestro estado.

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