Experiencia religiosa

No me considero una persona religiosa en términos comunes. Creo en un ser supremo que no necesita religiones como intermediarias para que los seres humanos se mantengan en contacto con él. Creo en Dios, no tanto en las religiones y menos en los religiosos y sus feligreses, quienes tienden a la discriminación cuando se encuentran con personas que no comulgan la misma creencia. El fanatismo religioso sumado a la ignorancia es terreno fértil para lo peor en los seres humanos.

El temblor del sábado diez me permitió vivir una experiencia única sobre la oración. Ese día, mi negocio estaba lleno de niños jugando los juegos de video que rentamos. Al sentirse los primeros movimientos telúricos, a sabiendas que todo lo que tenemos en la tienda puede convertirse en proyectil, me encaminé hacia las puertas, mientras los ocho o diez niños y niñas que estaban ahí trataban de hacer lo mismo.

Me dediqué a llamar a Ricardo, mi hijo menor, tratando de que estuviera a mi lado durante ese trance. No lo logré porque entre nosotros se interpusieron los niños que intentaban salir hacia la calle. Yo alcancé una pequeña puerta y seguí llamando en voz alta a mi hijo, a quien logré ver que había llegado a la puerta más grande antes de que la luz se fuera.

Si las niñas y niños habían logrado mantenerse calmados hasta ese momento, el apagón exacerbó su ánimo y empezaron a gritar. Los que se encontraban junto a mí me abrazaron muy fuerte y de pronto me sentí rodeada de los bracitos de tres o cuatro niños y una niña que además incrustaban su cabeza entre mis costillas buscando un refugio que, según ellos, yo podía brindarles. Sus cuerpos y los de los demás niños hicieron una cadena humana que me conectaba físicamente con mi hijo separado de mí un metro y medio, y a quien veía en la oscuridad disipada por la luz de un celular.

Al ver la intensidad del sismo, recurrí a una frase característica de mi abuela quien en los momentos de peligro llamaba a su “papá Chuy de Petatlán” y que yo, en el nerviosismo del momento, tergiversé por un “Padre Nuestro de Petatlán”. Nunca imaginé que esta frase desencadenaría que los niños y niñas a mi alrededor empezaran a rezar el Padre Nuestro en una voz tan fuerte y clara que durante el clímax del temblor yo no pude escuchar nada más.

No sé cuánto tiempo duró el temblor en segundos o minutos, sé que tardó un Padre Nuestro y un Ave María que los niños y niñas rezaron al unísono en voz alta, abrazados a mí brindándome un valor y una protección insospechados. Pensé que la casa se derrumbaría y nos hallarían tan indisolublemente ligados que sería casi imposible separarnos.

Mi miedo se diluyó en el asombro de saber que podía morir abrazada por varios niños desconocidos que rezaban oraciones para alejar su propio temor. Maravillada, no tuve más opción que unir mi voz a sus voces infantiles para rezar el Padre Nuestro, mientras veía el rostro de mi hijo en la penumbra. Creo que no habría tenido mejor forma de morir, si hubiera sido el caso.

Publicado en Vértice el 24 de diciembre de 2011.

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