Charlas de viajeros

Me prometí que nunca me cansaría de viajar. Me encanta viajar, conocer nuevos lugares, escuchar otros lenguajes. Sin embargo las desveladas, el encuentro con algunos malencarados empleados de los escritorios de las aerolíneas, las exigencias de los wannabe que te tocan como compañeros de asiento, los trasbordos y las encueradas forzosas en las aduanas, hacen que en ocasiones mi ánimo decaiga.

En este viaje en especial, me tocó sufrir a un terrible griposo como lo bautizó la esposa de mi compañero de asiento. Al subir al avión, antes de despegar, no sé si por iniciativa propia o por la de los aeromozos, el griposo o alérgico fue relegado a unos de los asientos libres atrás, donde me vanagloriaba con antelación que estaría de maravilla cerca del baño, pero no tanto para ser molestada por las sempiternas líneas de espera de los pasajeros para cumplir con sus funciones corporales o para darse una manita de gato.

No terminaban de encenderse los motores cuando una lluvia de gérmenes combinada con una gran cantidad de saliva atravesaron los escasos 30 centímetros en diagonal que me separaban del enfermo. Me comprometí a no enfermarme, haciendo gala de una concentración extrema que puedo rescatar de diferentes etapas de tortura que he tenido a lo largo de mi vida y que he superado gracias a la tenacidad heredada de mi abuela y de mi madre.

No quedaba de otra, tres horas y media en el mismo espacio de un metro cúbico junto al estornudador de calibre olímpico no me dejaban opción. ¡Concentración y paciencia, Solín, mucha paciencia! Me asombraba su capacidad para estornudar a velocidades inusitadas y tratar al mismo tiempo de descongestionar sus fosas nasales con un ruido ensordecedor que debe haber llegado a la cabina del avión situada a, por lo menos, 30 metros adelante, con la puerta cerrada.

De acuerdo, viajar en avión hoy es como viajar en un guajolotero. Llegamos con maletas panzonas de tanta cháchara que no caben en los compartimentos altos. Ahí van los aeromozos acomodándolas y echando miradas furiosas por el inconveniente de tener que vigilarnos y atendernos. Y qué decir de los pasajeros desobedientes que están tomando fotos durante el aterrizaje o el despegue, momentos prohibidos para cualquier aparato electrónico. La cubanoamericana que no cierra su laptop en la que ha trabajado durante todo el abordaje de pasajeros y sigue en ella cuando avisaron desde hace ya mucho tiempo que tenía que cerrarla y el avión se desliza por la pista.

Este viaje, sin embargo, estuvo coronado por la cereza del pastel de mi charla tardía con la esposa de mi compañero de la derecha. En el momento que me paré al baño por segunda vez –en la primera dormían- aprovecharon para ir también y cambiar de lugar. Así que la mujer quedó a mi lado y empezamos esas conversaciones banales de vecinas de asiento que saben que tal vez nunca volverán a verse. Esther me dio consejos, me interrogó sobre mi preparación profesional y mi estatus migratorio. Me enteré de su vida y la de su esposo e hijos, durante los últimos sesenta minutos arriba del avión.

Lo que me dejó asombrada y por lo que la menciono en este artículo es por su manera cruda y simple de analizar la violencia en México: “Sé que suena mal pero de algún modo tenemos que acabar, ¿no? Ya somos muchos en el país y con las matanzas nos vamos haciendo menos”.

Publicado en Verticediario el 15 de abril de 2012.

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