De escritor@s y lector@s

Nadie es profeta en su tierra, reza el refrán. En apariencia le sucede a Isabel Allende. En Chile, su país natal, no estaba en la lista de escritoras reconocidas según Alberto Fuguet (Nexos 2002). Es probable que la situación haya cambiado para estas fechas. Si Allende no es considerada escritora, si a algunos no les gusta su obra, creo que a ella poco le importa porque como una Midas de la literatura logró en unos años vender más ejemplares que aquellos que han obtenido el premio Nobel.
Conocí a Isabel Allende (a través de sus libros) cuando descubrí a una de mis hermanas comprando La Casa de los Espíritus. Debo confesar que tuve la impresión de que se trataba de escritura chatarra de la mucha que abunda en librerías –misma que consumí a mares durante algún tiempo, el que tardé en descubrir a escritores fundamentales como Gabriel García Márquez a los 12 o trece años, o a Hemingway y a Sartre, entre otros, un poco más adelante-.
Decía que cuando vi a mi hermana en Gandhi de Quevedo con un ejemplar de Isabel Allende, la reprendí diciéndole que no leyera tonterías (desdeñando mis inicios en la lectura cuando devoraba historietas mexicanas de todo tipo, un pasado borrascoso que pretendo olvidar pero que justifico cuando recuerdo que, a pesar de la preparación de mi madre, en casa no había muchos libros hasta que yo empecé a pedirlos).
Cuando recapacité estaba leyendo Eva Luna y había iniciado un periodo de enamoramiento de la escritura de Isabel Allende. Mi periodo allendístico –tal como Picasso tuvo su periodo azul- abarca ese libro y los varios que le siguieron, pasando por el desconcierto y la decepción de haber comprado su enorme y costoso libro Afrodita que no me dio más que el gusto de la introducción porque el resto son recetas (sí, recetas) para el amor.
Para mí, incrédula incorregible, que un escritor o escritora, es decir un intelectual con los vastos conocimientos y los maravillosos e inacabables adjetivos que nos obsequia Isabel Allende en esta etapa, me salga con que cree en hechicerías y en embrujos con receta –lo que yo recuerdo de ese libro de edición especial- fue un golpe muy fuerte, una decepción total. Compré el libro, lo leí hasta donde pude y jamás he vuelto a abrir este caro ejemplar, al que –creo- he salvado de robos e inundaciones.
No en forma personal pero sí a través de mi esposo, mi hijo y mi sobrino quienes, la noche en que la casa se inundó en la planta baja, habían puesto en el garage mi colección de libros sobre tres temas principales: Relaciones Internacionales, Derecho y Literatura. Al ver que corrían peligro, mi esposo decidió –en el último minuto antes de que emprendiéramos la huida en busca de un refugio- subir los libros a la segunda planta. Lo que en el primer traslado del despacho al estacionamiento les tomó media hora a los tres, en la segunda ocasión lo hicieron en quince minutos debido a la adrenalina. Tomaron los libros entre el cuerpo y los brazos y los dejaron caer lo mejor posible en la sala. Después de varias vueltas, Moisés se dio cuenta que él debía quedarse a acomodarlos más al fondo y los muchachos continuaron a marchas forzadas el salvamento de cientos de libros entre los que debe permanecer el de Afrodita.
Antes de ese tropiezo afrodisíaco había leído Paula, el libro con el que culminé mi camino al lado de Allende. Lo leí varias veces a lo largo de los años con asombro morboso al descubrir la vida de la escritora plasmada en papel. Con una sinceridad que parece increíble nos desvela su infancia austera a pesar de la riqueza de su abuelo, el abandono por su padre biológico transformado en amor a su padre adoptivo, sus infidelidades en busca del amor-enamoramiento que ya no le brindaba su esposo, su vida migrante, sus años de exiliada y mucho más mientras va entrelazando el dolor de la despedida de su hija en coma por un ataque de porfiria.
Esa es la Isabel Allende que recomiendo y la de Cuentos de Eva Luna que leí a mis hijos a pesar de ciertos pasajes altamente eróticos. Después vinieron libros como La Hija de la Fortuna y Retrato en Sepia, en donde –me parece- se vuelve repetitiva. Compré el siguiente dedicado a sus nietos, no recuerdo el nombre aunque lo terminé de leer. Para ser sincera creo que este libro fue escrito por otros, tal vez sus propios nietos, y ella les prestó su nombre para que fueran publicados. Prefiero pensar en la generosidad de Allende a la opción de aceptar que la veta imaginaria y fantasiosa de una de mis más admiradas escritoras –por ser mujer y por el dominio de la pluma con la que tejía sus historias- se haya agotado.

Publicado en Vértice el 11 de enero de 2014 y en Ángulo7 el 18 de enero del mismo año.

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