Rehenes

¿Qué está pensando el ejército? Es la pregunta de uno de los tripulantes de la camioneta negra después de siete horas en espera de que la carretera federal Chilpancingo-Acapulco sea liberada por los pobladores de Petaquillas. El ejército no piensa, señor, recibe órdenes y obedece, le contesto. Un joven ingresa a la milicia por distintas razones no para discernir, reflexiono.

-Los de la comunitaria- advirtió mi esposo frenando el auto. El ejército ya estaba apostado a esa altura cuando pasamos hacia Mazatlán a las tres de la tarde del dos de febrero. Para las cuatro y media, los ciudadanos decidieron que no podían esperar más para expulsar a los militares de su zona. -No te detengas, le dije, los autos están pasando entre la gente y los soldados nos hacen señas de avanzar-. Tendría tiempo para arrepentirme de haber pronunciado esta frase.

Sé lo que sucede cuando el ejército hace sus funciones, cuando cumple órdenes y no piensa. Lo he leído en muchas páginas de la historia de los países bajo regímenes represores. Mi adolescencia y mi juventud estuvieron repletas de páginas ensangrentadas de relatos de cómo los militares derrocaron regímenes democráticos para instalarse en el largo invierno dictatorial de Latinoamérica, por ejemplo. Ahora, en este frío día de febrero, tal vez nos toca a mi esposo y a mí ser parte de una historia de terror.

Pensé en mis hijos. En mi compañero. En mí misma. ¿Estaba dispuesta a morir por la causa –justificada o no- de otros? Miro alrededor, estamos en primera fila. Los pobladores en muchedumbre gritando improperios a los militares, exigiendo su salida. Los lentes oscuros y la gorra tejida que me protegen del frío, me permiten ver y ocultar el miedo en mis ojos, estoy tensa analizando la situación. Hablo con mi esposo sin voltear a verlo, no quiero perder detalle de lo que está sucediendo.

Si los militares deciden no aguantar más los insultos y empiezan a hacer uso indiscriminado de esas armas enormes que traen colgadas al hombro, no vamos a ser rehenes sin partido, vamos a convertirnos en parte de la revuelta, sin importar que estemos arriba de nuestro auto con los vidrios cerrados. Parece que los manifestantes no traen armas pero se empeñan en gritar improperios al ejército. Si observo bien, sólo son algunos que gritan y se esconden, azuzan a los manifestantes y se resguardan, se mueven entre el gentío para no ser identificados. Seudolíderes cobardes.

La tecnología a todo lo que da. Un militar joven –casi todos lo son- tiene dos o tres cámaras integradas al casco, además controla una más sujeta a una base como poste que sostiene en alto para tomas aéreas. Los manifestantes de todas las edades con celular en la mano están grabando videos. Hay mucha prensa. También civiles del gobierno disimulados entre el gentío.

¡Que se vaya el ejército! ¡No sirve para nada! Son los gritos más frecuentes durante dos horas y media. De acuerdo, totalmente de acuerdo pero nada vincula a los que circulamos por la carretera con las demandas de los manifestantes. O como decía un visitante varado en una camioneta familiar: Que regresen otros a estos lugares, nosotros no. No queda más remedio que dejar el auto después de intentar salir de la carretera regresando a Mazatlán, sólo para encontrar un nuevo retén de pobladores. La noche cayó y somos rehenes en despoblado. Vamos a cruzar caminando el punto de conflicto como otros afectados que se bajaron de los autos en que viajaban. Hay que tratar de continuar con nuestras agendas. Son las ocho de la noche.

No todos los varados pueden abandonar el conflicto. Muchos deben permanecer en sus vehículos hasta que los manifestantes decidan que pueden cruzar. Cinco minutos para cada sentido, dos o tres veces desde las nueve hasta la medianoche. A esa hora parece que la parada terminó. Todavía se oyen consignas bajo la luz de luna, las de siempre: El pueblo unido, jamás será vencido. ¿Los rehenes de cada movimiento no somos pueblo? ¿Por qué no nos unimos para pasar? Por temor a enfurecer a la turba, supongo.

Estoy esperando por mi esposo entre los autos en fila, justo en medio de los dos carriles. Ojalá los cinco minutos de cruce le permitan salir de ahí. Estoy lista para conducir el auto y alejarme. Se oyen aplausos y vivas en las camionetas llenas de mujeres junto a mí. En la oscuridad se recortan las figuras de hombres con armas largas en algunos vehículos. Los comunitarios lograron que se abriera para ellos el paso de sur a norte. Cruzaron muchos camiones de carga, pero nuestro carro se quedó en el mismo lugar donde inició la tarde.

¿Por qué doblan las campanas en el pueblo? El conflicto no ha terminado, a pesar de lo que dijeron antes en el altavoz. Sobre el puente elevado está apostado un convoy del ejército, en el punto original de conflicto había ocho camiones militares y los manifestantes están armados en los retenes al pie del paso elevado. De regreso, en Chilpancingo, hay cinco autobuses con policías en el lateral poniente del boulevard. Vamos corriendo en la moto con cascos, botas, chamarras y guantes, desafiando el viento frio de la madrugada, deseando que los problemas se solucionen sin derramamiento de sangre.

Publicado en Vertice diario y Angulo7noticias.com el 07 de febrero de 2015.

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