Aventuras acuáticas

No oigo nada, el agua satura mis oídos mientras tengo el rostro sumergido. Pienso los números: una, dos, tres brazadas, patada de crol; uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos, patada de tijera con la vista puesta en el techo de la alberca semiolímpica con agua templada. Mi esposo me dice que a veces hago trampa y llego a diez segundos con el rostro fuera -lo sé- mientras intento recuperar el ritmo de mi respiración. Son mis 45 minutos, en los que no importa nada más que encontrar la cadencia entre mis brazadas, mis patadas y mi respiración, para poder sostenerme el mayor tiempo nadando.
Carajo, ya me tragué media alberca con todos esos extraños pedacitos de sospechosa basura flotando ante mis googles. Ay Dios, y pensar que esas pequeñas bolas de pelo con mucosidad entrarán por mi boca o por mi nariz en algún momento. Olvídalo, vuelve a concentrarte en lo importante, el ejercicio que te ocupa. Uno, dos, tres, respira a la derecha, uno, dos, tres, respira a la izquierda. Recuerda no dejar de patear y sostener el pullboy con firmeza pero con suavidad. Todo es sincronización y equilibrio. ¡Concéntrate!
Casi siempre los carriles están despejados, hay un promedio de cinco personas en los dos primeros, el resto tiene menos. Pero hoy, mi segundo miércoles, la alberca está a reventar. Oigo a mis compañeras bromear diciendo que parece playa en Acapulco por la cantidad de gente que está nadando. A pesar de todas las precauciones nos rozamos con las tablas, alcanzamos al lento que va adelante o detenemos al veloz que viene detrás de nosotros. Es una clase de adultos y han llegado muchos niños. Todo son risas, juegos y confusión.
No tengo condición para sostener la respiración adecuada, las trampitas que había hecho durante una semana en la que mantenía el rostro más tiempo fuera que dentro del agua, salieron solas a la luz. Las pago ahora con el sofoco y el cansancio que me provoca no encontrar el equilibrio adecuado para mantener este nuevo ejercicio durante 25 metros de ida y 25 de venida. Trago agua por litros, tengo que parar a la mitad de la piscina. Mi joven profesor pide tres, cuatro o seis vueltas de 50 metros y oigo a mi esposo murmurar que se acabe esta masacre, mientras saca la lengua en señal de fatiga. Nos reímos a carcajadas por su ocurrencia durante el breve receso para hacer bucitos en cada final de media vuelta.
Creo que esa es la mayor virtud de nuestro tiempo juntos en la alberca: ponernos de tan buen humor que las pequeñas discrepancias sobre cuántas vueltas nos faltan o si estamos haciendo bien los ejercicios, nos hacen reír sin parar. La cara de puchero de mi esposo cuando le digo cuál es el ejercicio que creo nos toca hacer, se mantiene en mi mente a la mitad de la alberca mientras estoy contando, nadando y respirando al unísono, y me hace soltar una enorme carcajada cuando salgo a la superficie a respirar. Tengo que parar de nadar y recomenzar intentando concentrarme en la técnica de crol que me ocupa. Recordar su gesto de desaprobación entre burlón e infantil me ha divertido toda la clase. Ja, ja, ja, me carcajeo sola en medio de la piscina, otra vez, sin olvidar mi patada de tijera con el brazo extendido sosteniendo la tabla.
Se acaba la hora de nuestra clase de natación y tenemos la certeza de que ha valido la pena levantarnos a oscuras y con frío para acudir a la cita con ese enorme espejo de agua tibia que nos deja exhaustos. No hay problema ni preocupación más grande que regresar al día siguiente a tratar de doblegarlo antes de que él nos derrote. El cansancio que produce hacer ejercicio se convierte en un estímulo a lo largo del día, nos da energía y entusiasmo para realizar nuestras labores cotidianas. Confirmo lo que le dije a Irving, nuestro amable instructor, venimos a la alberca a hacer ejercicio no a convertirnos en nadadores profesionales, aunque esa no es mala idea ¿verdad?
Publicado en verticediario online y edición impresa el 22 de agosto de 2015

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