RANAS Y SIRENAS

-¿No sabes cómo nadan las ranas?, me pregunta mi cónyuge. Nunca he visto nadar a una rana, tampoco a un sapo. De verdad, se los digo con el corazón en la mano. Soy una persona instruida e informada, no obstante jamás he tenido la oportunidad de sentarme a la orilla de un lago o de cualquier otro cuerpo de agua para analizar el nado de este anfibio. Sé que puedo investigarlo ahora,  pero nunca había sentido la curiosidad de buscar cómo nada una rana en internet. Así que cuando me ponen a practicar la patada de rana, tengo que declararme totalmente incompetente. De lejos me parecía que podría acometer la empresa en forma fácil y rápida. ¡Oh, sorpresa! Mi imitación del nado de rana se ha llevado una semana completa, además de fatigas y contrariedades al por mayor.

Según mis instructores mi postura estresa mi cuerpo, no abro las piernas lo suficiente para ser considerada rana, no doblo las piernas, no giro los tobillos, doy la patada con el pie en punta, me hundo aún asida a la tabla y tengo que encontrar una alternativa para sobrevivir al sofoco y a la falta de coordinación entre mi respiración y mis patadas. Soy un desastre que no avanza en el carril. Para colmo, en esta última semana me encontré con un avezado nadador (eso cree él) que se siente el Michael Phelps de la alberca, y que es tan rápido como desconsiderado.

He dado tres vueltas a la piscina con él golpeándome en diferentes partes del cuerpo hasta que en esta última me agarró el trasero. El joven barbudo se para a mitad del carril y me dice con asombro: ¡Ah, caray! No sé si ofenderme por la intrusión que un desconocido ha hecho en mi cuerpo en la oscuridad de la mañana o reírme por su falta de tacto al reconocer que esa parte de mi anatomía todavía está en buena forma y él lo confirma con esa frase. Como ignoro qué otro lugar de mi cuerpo puede seguir en su agenda táctil, prefiero ser prudente y le pido al instructor que me cambie de carril para evitar las embestidas del lumberjack, que se comporta como un auténtico leñador.

Por supuesto, no me tocarían si estuviera nadando de crol o aún de dorso, que es mi talón de Aquiles, pero sigo en nado de rana después de varios días. Mi alma de buena estudiante está a punto de rebelarse para decir que quiere pasar al siguiente nivel de aprendizaje cuando el instructor me dice que lo haré: brazos en flecha, patada de crol, formar un corazón frente a mí para dar impulso a mi cuerpo y salir a respirar. Esto es fácil, fácil, fácil. Mi patada de crol me encanta aunque no la vea. Me transporto a los lugares que me gustan, percibo los olores que me fascinan, evoco los recuerdos que adoro. Ese es el nivel de concentración y de placer que logro cuando encuentro el balance entre el agua y mi cuerpo. Esto a lo que vengo, a comenzar el día con esta energía. ¡Soy feliz! El agua se desliza por mi cuerpo acariciándolo y el esfuerzo al nadar es muy suave, casi imperceptible en la parte baja de mi cuerpo.

El encanto se rompe cuando tengo subir al nivel siguiente, tres patadas de rana con la brazada de flecha que se abre como abanico para terminar en un corazón que me permita elevarme a la superficie es una empresa difícil de llevar a cabo, me falta coordinación. No me preocupo porque sé que con práctica lograré dominarlo aunque me lleve mucho tiempo y en el inter trague galones de agua y me sofoque. Mi instructor no ve con buenos ojos mi retroceso, me pide que me aplique en la patada de rana. Está visto que las ranas y yo no nos llevamos bien. ¿Será que más que anfibio me siento sirena?

Publicado en Verticediario online y versión impresa el 10 de octubre de 2015.

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2 comentarios on “RANAS Y SIRENAS”

  1. Veronica dice:

    Me encantoooo


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