RETRATOS DE FAMILIA

Oía el borboteo de su pecho, el silbido que hacía al respirar y que no me dejaba dormir. Estábamos, mi madre y yo, tiradas en el suelo. A ratos ella en el sillón intentando dormir para pasar la noche que nos correspondía cuidar a mi abuela moribunda. Los nueve hermanos habían acordado que harían guardias de dos días y una noche mientras durara la agonía de su madre. Todos, excepto uno, cumplirían su palabra. Así, tuve -quién más- que llevar a mi madre en mi auto al D.F., acompañarla durante su guardia para sostenerla en el duro trance de despedirse de su progenitora. Esa también fue mi despedida de la mujer que durante mi infancia llegó a ser un enigma por su fortaleza y  a la que algunas veces detesté porque no se apegaba a los patrones de dulzura y complacencia de los abuelos comunes. Ahora sé que mi abuela era extraordinaria por su inteligencia y por su belleza y que su autoestima requería de grandes dosis de reconocimiento que no pude brindarle.

En esos días finales de mayo y principios de junio de 2001, estábamos las dos ahí, yo en el suelo al pie de su cama, oyéndola mantenerse en una lucha despiadada contra el cáncer que la estaba fulminando en pocos meses. Nadie la oyó quejarse durante el periplo que realizó por las casas de los hijos que pudieron –y quisieron- recibirla, cuando la enfermedad ya la había doblegado a tal grado que aceptó irse a vivir con ellos y sus familias, olvidando su máxima de jamás visitar a un hijo o a una hija por más de unas horas. -A mí no me gusta molestar a mis hijos, yo tengo mi casa y en ella quiero estar-, repetía cuando estaba buena y sana. Sin embargo, la insistencia de sus vástagos para cuidarla por turnos de un mes, y el conocimiento íntimo de que ya no podría valerse por sí misma, la hicieron viajar por varias ciudades y diferentes casas antes de llegar al hospital Adolfo López Mateos donde esta noche estoy rezando para que la transición sea lo menos dolorosa posible.

Que dios te bendiga abuela. “Yo te bendigo hija mía, te cubriré con mi manto, recíbela de dios padre y del espíritu santo…” Algo así rezaba mi abuela cuando sabía que alguno de sus hijos o de sus nietos viajaríamos lejos o estaríamos ausentes durante mucho tiempo. ¡Híncate! ¡Pero, abue! ¡Que te hinques te digo, te voy a echar la bendición! Accedíamos a su petición para acabar lo más rápido posible con ese trance y porque sabíamos que no habría poder humano que impidiera que nuestra abuela nos diera la bendición antes de dejarnos partir.

Te dejo partir abue, vete sin cuidado, no pasa nada, todo está bien. Al fin puedo contestar la pregunta que me hizo al mediodía, en un pequeño periodo de lucidez adormilada en que me reconoce perfectamente con los ojos cerrados y me hace un cuestionamiento increíble porque creí que nadie lo notaría. ¿Qué le pasa a tu esposo, hija? ¿Qué tiene? Me quedó muda e inmóvil porque no hay duda que se dirige a mí, sólo yo estoy junto a ella. Mi madre salió un momento y yo me acerqué a revisar a la enferma creyendo que dormía. No ha abierto los ojos, sin embargo, me ha percibido y me inquiere.

Ya no soy la misma joven indecisa y tembleque que se presentó una tarde en tu casa para contarte que me pesaba el alejamiento de mi familia para irme a estudiar, y que los nuevos retos de la soledad a la que me enfrentaba en la ciudad de México me estaban venciendo. “Te falta valor, hija”. Fue el veredicto con que me acorralaste en ese 1984 y no me permitiste que te envolviera con excusas. No extendiste los brazos con dulzura para que mi espíritu y mi cuerpo descansaran. Me sometiste a un duro juicio y a tu sentencia final que me hicieron reflexionar y lograron que insistiera en mantenerme en el D.F. para demostrarte que culminaría mi carrera en la UNAM.

No pasa nada abue, todo está bien, puedes irte tranquila. Durante estos años, antes de tu partida, he aprendido muchas cosas y me he vuelto fuerte. Ahora sé que la vida no es un camino lineal, no sabemos qué nos depara el futuro. Sé que vas a morir pronto no porque sea adivina, sino porque oí a tus descuidados médicos hablar sin pudor en los pasillos frente a tu cuarto, contigo sólo resta esperar la llegada de la muerte. No van a hacerte nada, sólo te darán paliativos para mitigar tu dolor. Me indigna su falta de ética profesional que les permite ventilar una situación tan dolorosa para mí como si estuvieran hablando del clima.

No pude dormir mucho durante esa noche de nuestra guardia. Nunca había cuidado a un enfermo en esta etapa, mucho menos a la madre de mi madre, a la mujer con la que he estado más unida después de ella. Creo que es mi deber estar al pendiente de tu respiración silbante. No quiero pensar, abue, que puedes morirte sin que me dé cuenta, sin que yo que estoy aquí para cuidarte pueda saber que al fin estás descansando y te acompañe con una plegaria, como a ti te gustaría. Repaso mentalmente los escasos rezos que conozco para tranquilizarme y tratar de dormir.

Amanece y me levanto para saber si sigues con nosotros. A pesar de la mala noche que pasaste, seguimos juntas y quiero tomarte fotos. Sé que es algo extraño, pero esa mujer en bata de hospital con la piel amarillenta pegada a los huesos, eres tú todavía. Ahora entiendo perfectamente lo que he leído sobre huesos afilados. No reconozco tu nariz, ni tu mentón, son puro hueso o cartílago sin carne. Tus mejillas están hundidas y tu cuerpo todo está delgado en extremo.

Mi tiempo junto a ti ha acabado y tengo que regresar a Chilpancingo con mis pequeños hijos y con mi esposo. No quiero pensar en lo que sucederá, te doy un beso rápido y me despido. Esa noche soltarás al fin tu cuerpo en el turno de alguien más, te irás a ese lugar que las religiones prometen para descansar después de la muerte y yo te invocaré en los momentos más difíciles en busca de ayuda. Te recuerdo siempre, abuela.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s