COZY

Nunca antes tuve la fortuna de tener una mascota. Los perros, gatos y demás animales domésticos estuvieron siempre vetados en la casa paterna bajo la consigna de que son sucios y traen muchas enfermedades que pueden ser contagiadas a los dueños. Con esa creencia sólida llegué a esta edad en que algunos intentos previos por parte de mi pareja terminaron abruptamente con la entrega de los perritos a casas adoptivas y la consiguiente tristeza de mis pequeños hijos.

Hoy gozo del cariño de un perrito que llegó a mi vida por casualidad. Mi hijo menor me preguntó si podía recibir de regalo un cachorrito que necesitaba ser acogido porque era el último de su camada. El interrogatorio fue extenso antes de dar mi aprobación: edad, raza, tamaño final, vacunas, quién se haría cargo de alimentar y limpiar al animal y sus deposiciones. Una advertencia perentoria final: si no me sentía cómoda con la mascota, sería devuelta o regalada a mejores dueños.

Así fue como Cozy llegó a nuestras vidas. Un pequeño bultito blanco con muchos caireles que temblaba y se asustaba por todo. Bajo sospecha de estar infectado de pulgas –se rascaba mucho, tal vez como muestra de ansiedad- fue remitido inmediatamente con el veterinario para vacunas y desparasitación urgente. Toda una vida de desconfianza hacia los perros se reflejaba en mi actitud para el cachorro. No permitía que estuviera muy cerca de mí y mucho menos aceptaba cargarlo. Las primeras interacciones fueron escuetas y breves, un pequeño toque, una ligera caricia. Jamás conté con la perseverancia del diminuto can y con el cariño incondicional que él me ofrecería. En cuanto me sentaba, él saltaba a mi regazo. Mis escrúpulos iniciales de bajarlo rápidamente, nada lograron. Cozy volvía a subir y se mantenía junto a mí el mayor tiempo posible. Cuando no alcanzaba mis piernas, me observaba con sus ojitos de osito de peluche –Ricardo dixit-, muy negros y brillantes, fijos en mí con una actitud suplicante de cariño hasta que lo cargaba. Un día reflexioné que Cozy se había convertido en un compañero insustituible y que lo necesitaba porque lo quería, no soportaría que algo le pasara.

Para esas fechas en que mi corazón se doblegaba ante este pequeño ser vivo que nos brindaba cariño, lealtad, amistad y devoción, nuestra mascota descubrió que fuera de nuestro universo existía uno más excitante donde encontraba aventuras diferentes cada día. La calle es un imán poderosísimo que lo atrae como la miel a las abejas. No hay regaño o castigo que impida que salga cada mañana a merodear las cuadras cercanas –en realidad se mantiene dentro del radio de nuestra manzana-. Nuestra preocupación inicial de que pudiera ser atropellado por algún auto o robado por alguien, estaba sólidamente fincada en los avisos de los amigos y vecinos quienes nos decían que habían visto a Cozy unas calles  allá y lo había encaminado de vuelta o lo traían escoltado para regresarlo con nosotros en ese mismo momento. Algunos más habían sido testigos presenciales de cómo la llanta de un auto había rozado su cuerpo o bien cuando el conductor había tenido que frenar intempestivamente para evitar matarlo. Agradecíamos el interés y prometíamos que trataríamos de mantenerlo en casa.

Sin embargo, la astucia del animalito y sus ganas por salir de su ambiente cotidiano y conocido, lo han hecho cada día más intrépido en sus fugas. No hay miembro de la familia que logre detenerlo ni empleado que mantenga una supervisión adecuada del perro. De pronto recordamos que Cozy no está adentro y nos asomamos a la calle para constatar que anda tres o cuatro casas más allá husmeando las jardineras con su clásico andar de trote corto. Los gritos empiezan para llamarlo en todos los tonos y nuestra mascota los ignora con displicencia hasta que su espíritu aventurero es saciado y decide que es tiempo de regresar a la madriguera , casi siempre  en un estado deplorable de suciedad. Hay que recibirlo, le abrimos la puerta con la convicción de que es una bendición que vuelva sano y salvo, aunque vuelva embarrado de toda clase de sustancias que necesitan ser lavadas al instante.

Contrario a lo que pudiera pensarse, Cozy no va a la calle a hacer sus necesidades. Marca territorio con pequeños chorritos pero no defeca ni orina fuera de casa, lo cual nos da mucha risa porque la mayoría de los vecinos sueltan a sus perros o los sacan a pasear con la intención de que dejen sus deposiciones en terreno público, lo que les dará la justificación para no levantarlas porque, según ellos, no les corresponde la limpieza de las calles. En nuestro caso, el perrito regresa puntual a defecar y orinar sobre el plástico que para ese efecto está colocado en el garaje. Por lo tanto, las excursiones de Cozy tienen un sentido pleno de investigación y de disfrute.

Hoy mi mascota ha asumido un rol diferente, sin dejar de escaparse cada mañana se ha convertido en el hermano mayor que debe poner el ejemplo a una nueva integrante fortuita de la familia, la pequeña Briona quien pronto será del triple de su tamaño y de su peso, pero él todavía puede llamarle la atención con mordiscos en el cuello a los que ella se rebela con otros para él. ¿Quién hubiera dicho que sería la feliz dueña de un par de perritos a estas alturas de mi vida?

Publicado en verticediario.com y su versión impresa el 16 de enero de 2016.

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