Bicis

Llegué al parque donde suelo caminar todos los días. Era una tarde mojada porque a la hora de la comida cayó una lluvia fuerte que refrescó el ambiente de intenso calor que ha predominado en la capital. Percibí escaso movimiento en el área de juegos, igual que en las veredas pavimentadas donde circulamos los pocos que acudimos a ejercitarnos. Esos mismos caminitos pertenecen a quienes rentan bicis o traen las propias. Este martes de junio la actividad es baja. Salvo el puesto de dulces y el de las bicis para rentar, una pareja en arrumacos y tres más con niños, nadie ha venido al área de juegos, mucho menos a los caminos pavimentados. En realidad los mexicanos somos muy miedosos del clima, si llueve tememos mojarnos, si hace viento frío podríamos enfermarnos de gripa. ¿O será, más bien, que el estímulo para salir a enfrentar las adversidades del clima no es  suficiente? Los mismos mexicanos son capaces de adaptarse a las peores inclemencias cuando se trata de ganar en dólares, por ejemplo.

Bueno, me dije, más oxígeno y menos obstáculos al caminar. Empecé con pasos rápidos para activar mi cuerpo. Estaría aquí por los próximos 45 a 60 minutos. El clima era perfecto, de aire fresco sin llegar a ser frío y el cielo mantenía las nubes grises de lluvia a la par que filtraba los últimos rayos de la tarde. Agradecí en mi fuero interno a todas las fuerzas poderosísimas que me han permitido llegar a este periodo de mi vida y sonreí por todo lo bueno que he pasado y por lo que me depara el futuro. Después de diez minutos de circular por las veredas y disfrutar de mi música y del fantástico clima, recapacito que sólo una niña de unos diez años anda en una bici con cuatro ruedas que le queda chica. Nos sonreímos en cada vuelta, yo distraída tratando de ubicarme en el aquí y el ahora para disfrutar de mi tiempo personal, ella como una disculpa por no saber andar en una bici de dos ruedas.

Lo que me saca del ensimismamiento es un niño en bici que sale desde diferentes direcciones y me impide concentrarme. Recapacito que tiene una complexión parecida a la mía y que anda en una bici mediana que también podría soportarme a mí. Sin pensarlo mucho me dirijo al puesto de renta de vehículos y le pregunto a la encargada si puede rentarme a mí –lo subrayo, a mí-, una bicicleta. Claro! Voy por el dinero, le digo. Diez pesos para una hora. Vi someramente las que estaban estacionadas en el puesto, pero cuando regreso y pago, percibo que la mayoría están muy usadas, además de mojadas por la lluvia. Me decido por una de color violeta que se lleva el premio sólo porque está seca y no tiene el asiento tan gastado. Es en el momento exacto en que voy a montarme que me doy cuenta que han pasado unos diez años desde la última vez en que me subí a una bicicleta.

Tengo las manos ocupadas por mi celular para la música, los audífonos colocados y estoy inspeccionando los frenos de la bici. Malas noticias: los frenos no sirven del todo y tengo que oprimirlos a fondo para detener el vehículo, además de que, tal vez, mi peso sobrepase la capacidad de frenado de un solo chicote que va a la llanta trasera. Me pregunto si fue una buena idea rentar. Al ver mis dudas, la señora encargada me dice que tengo hasta las ocho cuarenta para regresar la bici; no se preocupe voy a traerla mucho antes, le contesto. Si el vehículo o la conductora fallan, no habrá nadie que recoja mis huesos del suelo, tendré que apechugar sola con la humillación y el dolor y tendré que levantarme tratando de disimular lo que haya pasado. Sé perfectamente que la gente que está sentada sin hacer nada, estará sonriendo con sarcasmo porque una señora ande en una bicicletita. Una tan pequeña como la que tenía cuando era una niña de diez años, hace algunos lustros ya.

Todas estas inseguridades se desvanecen cuando logro dar la primera vuelta con cautela, midiendo la capacidad de los frenos, adaptándome al tamaño y a los retos de esta bici vieja y enana. La segunda vuelta es más fácil y veloz, reflexiono en que estoy disfrutando profundamente la experiencia. La bici chirria tanto que puedo percibirlo por encima de la música en mis oídos. Los frenos pueden detener más fácil el vehículo si los oprimo varias veces en lugar de una sola a fondo. De hecho la bici no se detiene, sólo disminuye su avance, así que debo instruirme en recordar que en caso de peligro debo bajar las piernas para frenar con los pies, lo cual puede ser un problema porque lo bajo de la bici hace que mis extremidades queden trabadas en la posición de pedaleo. No obstante la tarde fue perfecta. Después de veinte minutos de maravillosas vueltas en bici alrededor del parque y de mi infancia, la entregué con la convicción de que si no lo hacía, mi coxis me reclamaría al día siguiente. Y es así que hoy escribo estas páginas con dolor de mi… corazón. Jaja!

 

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el once de junio de 2016

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