De la carretera a la Luna

El día de la madre de hace dos años mi regalo sorpresa fue la renovación de mi fe en los seres humanos. No soy fanática de la naturaleza humana, se podría decir que soy escéptica. Tal vez no es justificable, pero después de haber sufrido bullying durante mi infancia-adolescencia en la escuela y aún dentro de la familia, además de haber leído demasiados libros sobre las atrocidades que el género humano puede cometer con cualquier pretexto, creo que una parte de mí apuesta a nuestra proclividad a la malevolencia. En fin, esta historia trata de todo lo contrario. No escribí antes sobre estos hechos por temor a perjudicar a quienes formaron parte de la odisea que trato de mantener en mi memoria y en mi corazón.

Ese diez de mayo lo celebramos con una comida en un restaurante. Con el exceso de trabajo que mantenemos desde hace mucho, mi familia y yo disfrutamos cada lapso en que podemos relajarnos. Puesto que era un día festivo nacional, el único en que la mayoría de las madres mexicanas pueden cocinar y arreglarse para sentarse a la mesa junto a sus descendientes, el ánimo era de tomarse unas copas con los alimentos y, tal vez, continuar la fiesta en otra parte. En mi caso, se me ocurrió que podíamos aprovechar el resto de la tarde e ir a Iguala a tomar una nieve en el zócalo. Alrededor de las cinco nos enfilamos hacia el norte. El auto que tenemos parecía en buen estado, aunque su exterior refleja el uso de mis hijos adolescentes, el menor aprendió a manejar en él y lo considera su exclusiva propiedad desde entonces. La Merry, como la ha bautizado, es testigo de innumerables aventuras de su autoproclamado dueño, tantas, que le ha salvado de ser vendida por su intercesión.

Esa tarde la Merry no soportó el elevado calor de la Cañada del Zopilote porque una vez cruzado el puente de Mezcala, paró kilómetros adelante y no rodó más. Ningún poblado se vislumbraba en las cercanías, pero yo estaba confiada en que las aptitudes mecánicas de mi esposo lograrían sacarnos de ahí en un rato. No fue así, mi compañero tuvo que aceptar que la falla del auto superaba sus conocimientos y me lo dijo. ¿Qué hacemos? Caminamos, dije. Si tomamos en cuenta que yo iba con el atuendo de fiesta, de tacón alto y con vestido y mi esposo con zapatos de vestir –que no son su fuerte para caminar-, no era la mejor idea que se me pudo ocurrir, pero mi tendencia a la aventura y nuestra leve embriaguez obnubilaron nuestro sentido común. Tomé mi bolso y enfilamos al norte con la ilustre idea de que al menos nos estábamos acercando a nuestro destino.

Pasaron varios autos a nuestro lado y ninguno se detuvo. Íbamos junto al carril sur-norte por lo que no podíamos ver a quien venía en él sino hasta que nos cruzaban. Habíamos recorrido medio kilómetro, cuando una camioneta blanca de doble cabina nos rebasó a la izquierda y disminuyó un poco su andar. Tuvimos la sensación de que nos evaluaban desde adentro. Sin embargo, continuó sin detenerse. Aunque para ese momento yo había perdido lo chispeante del vino ingerido al recapacitar lo vulnerables que estábamos fuera del auto, en un paraje solitario y a escasos minutos de perder la luz de día, traté de mantener el ánimo festivo para no pensar en cosas negativas. Mi esposo se sumó a la algarabía y caminamos algunos metros entre risas y aparente desparpajo. La pick up blanca regresó en el carril contrario y pudimos ver a sus ocupantes: cinco individuos, tres adelante y dos en el asiento trasero, dentro de la doble cabina con los cristales arriba. Sentí una punzada de pánico en el estómago, dieron vuelta atrás de nosotros y se acercaron lentamente. Se dirigieron a mi esposo y él volteó para decirme si queríamos subir con ellos,  nos llevarían a Iguala para enviar un mecánico o una grúa desde allá. No había mucho que pensar: si quisieran llevarnos a la fuerza, lo harían, aceptáramos o no subir. Así que sostuve la respiración y dije que sí. Mi esposo fue llevado a la caja al aire libre junto con uno de los ocupantes y yo me senté en el asiento trasero de la cabina acompañando a los cuatro restantes. Sólo había que esperar. El efecto del vino había pasado casi por completo. Tenía miedo. Decidí que lo apropiado era iniciar una conversación expresando mi agradecimiento y el de mi esposo por la ayuda en ese trance.

Los vimos pasar hacia el norte, les dije, pero jamás pensamos que regresarían por nosotros. Fue idea de la ingeniera, dijo el chofer con acento norteño,  señalando a la mujer que iba en medio de él y del copiloto. La líder del grupo era una guapa joven blanca con cabello rubio y con el mismo acento con la letra ch arrastrada que caracteriza a esa región de la República. La plática me permitió saber que pertenecían a una de las mineras de los alrededores, en camino a su fin de semana en Iguala. Respiré profundamente y me relajé. El aire acondicionado al tope ayudaba a que mi leve mareo entrara en su fase final. Me di cuenta de que si yo tenía miedo, ellos también lo habían tenido y que me estaban examinando para descubrir si detrás de la falla del auto había una intención malévola. Aunque ellos nos superaran en número, podría ser una emboscada con una pandilla a la vuelta del camino. Bastaron unos minutos para que se dieran cuenta de que éramos inofensivos y pasaron a una segunda parte de su ofrecimiento: ¿deseábamos regresar por nuestro auto para que lo arrastraran hasta nuestro destino?  Después de todo el auto había quedado en un paraje donde podría ser desvalijado en minutos, agregó el chofer. La oferta me tomó por sorpresa, tendrían que preguntarle a mi esposo, no sé si el auto puede ser arrastrado sin el equipo apropiado. Pararon la unidad para consultarlo y vi cómo mi esposo bajaba para enlazar la camioneta pick up con nuestro auto mediante una cuerda. Él y su acompañante de la caja se subieron a la Merry para conducirla siguiendo muy de cerca a la unidad blanca que la jalaba a través de la carretera libre Acapulco-México.

La conversación siguió dentro de la cabina, todos ya más relajados por saber que los otros no representaban peligro, y me enteré de que la mayoría eran de Chihuahua, asentados en estos rumbos por órdenes de las oficinas de su compañía del norte. Cada fin de semana se trasladaban a un cuarto que rentaban en Iguala para relajarse en algún bar o en un antro y nos invitaban a que nos uniéramos a la parranda de esa noche, después de  que tomaran un baño. Tengo que aceptar que el agradecimiento que me embargaba y mi escasa experiencia en esos ritos nocturnos, me hacían proclive a aceptar la invitación por curiosidad. No obstante, la prudencia de mi esposo fue la triunfadora cuando al llegar a Iguala los mineros le invitaron personalmente a ir de antros. Me hubiera gustado continuar la amistad con la ingeniera y su equipo, desafortunadamente no intercambiamos números de teléfono, apenas nos dimos nuestros nombres. ¡Qué lástima! No cualquier persona se detiene en la carretera a ayudar a un par de locos desconocidos vestidos de fiesta, con tacones altos, lentes para el sol y con el ánimo burbujeante. Les mando un saludo y mi eterno agradecimiento hasta la media luna.

Publicado en verticediario.com y la edición impresa el 09 de julio de 2016.

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