Qandeel, Saba y Esti, o el castigo por ser mujer

 

La vida para millones de mujeres en extensas partes del mundo, México incluido, no es placentera. Recién la semana pasada una chica paquistaní, modelo e internauta, fue estrangulada por su hermano en una venganza  por limpiar el honor de la familia. En nombre de un orgullo en apariencia mancillado por el comportamiento de Qandeel Baloch, su familia la asesinó a través de las manos de Wasim. ¿Era, acaso, Qandeel una criminal? No. Si revisan su página de Facebook la chica de 25 años posteaba fotos de ella en atuendos prohibidos por su religión, pero muy recatados para la moda occidental. He visto otras páginas de chicas mexicanas que suben fotos ultra provocadoras para que sus seguidores las halaguen y les comenten cualquier majadería. En cambio los posts de Qandeel reflejan sus deseos de superación y de enfocar la atención mundial a los casos de sus paisanas que son obligadas a casarse contra su voluntad a temprana edad, tal como su familia lo intentó con ella. En algún pensamiento compartido en las redes dice “no importa cuántas veces me hundan, soy una guerrera y saldré a flote otra vez”, sin embargo, su lucha le costó la vida.

Indagando sobre ella y leyendo en su página, encontré un documental de una chica mitad canadiense mitad pakistaní que ha ganado dos óscares con sus filmes cortos sobre estos problemas de las chicas paquistaníes. A girl in the river. The Price of the forgiveness (Una chica en el río. El precio del perdón) relata la desgracia de Saba, quien enamorada de un hombre más pobre que ella, debía obedecer a su padre para casarse con el cuñado de su tío. Sin embargo, el novio la invita a fugarse y a casarse sin el permiso de su familia, a lo cual accede. Esa misma noche, el padre y el tío le jurarán sobre el Corán que no la dañarán si regresa a casa para hacer las cosas como es debido, es decir, para aparentar que se casará con su anuencia. En lugar de llevarla con su madre, Saba es golpeada, disparada en el rostro –lo que le deja una marca de por vida-  y lanzada al rio en el intento del padre por matarla por haberlo deshonrado.

Ambos casos reflejan el profundo poder que tiene la religión en esta zona del mundo, el sur de Asia. El caso de Qandeel es emblemático de una chica que ha tomado conciencia de sus derechos y que lucha por ellos: se negó a seguir la tradición de aceptar un matrimonio impuesto y ese fue su primer paso público hacia la libertad, aunque su camino fue truncado por un fraticidio. Para Saba el panorama no es muy prometedor desde mi punto de vista, porque no hay una toma de conciencia de qué es lo que está mal con lo que le sucedió. El documental es bueno porque muestra ambos lados del problema: el dolor y el resentimiento de Saba y la decisión intransigente de su padre, de su hermana y de su madre para sostener que hicieron lo correcto cuando intentaron matarla. El incidente, como lo llaman, es lo correcto y es un acto de fe por el que el padre aceptaría pasar toda su vida en la cárcel y con el cual las mujeres están de acuerdo: los padres tienen el derecho de cobrar venganza por la afrenta que representa la fuga de una hija, porque coloca a la familia entera en una posición vergonzosa que los humilla. El respeto y el honor los han abandonado para siempre. El padre le dio el sustento mientras estuvo bajo su protección y ella debía corresponderle con gratitud, como lo manda su religión.

El problema de Saba es que en su rebeldía para rechazar una boda impuesta no hay conciencia, como en el caso de Qandel, sino sólo ímpetu amoroso por otro y, después del atentado, odio hacia su padre y hacia su tío que la marcaron, por lo que pretende dejarlos en la cárcel para pagar por su delito. No desea otorgar el perdón para que sean liberados. Al tratar de llegar a un arreglo para que no continúe con el caso ante los tribunales, los “mayores” de su vecindario – un grupo de hombres, ninguna mujer- expresan su sentencia a favor del padre porque todos fueron educados bajo las mismas reglas y tradiciones. Es decir, la intercesión de los “ancianos” es favorable a los victimarios y, aunque en el film la policía expresa lo contrario,  sospecho que también la ley está en contra de la víctima. Así, Saba es forzada  por su familia política y por la sociedad a perdonar a sus parientes para que puedan salir de la cárcel. Lo peor de todo es que su futuro no parece ser mejor que su presente, porque la interpretación de la religión sostenida con las severas tradiciones que la rodean ahora en casa de su marido, seguirán inmutables. Dentro de ella misma Saba se ha apropiado de esa idiosincrasia que la rodea desde niña. Ella representa a su propia madre de joven, cuando ni siquiera sospechaba que sería puesta en la encrucijada de tener que decidir entre su esposo y su hija, elegir entre lo que se cree y lo que se ama, entre la fe y el amor que, en este caso, son insolubles.

Hablando de fe, de religión, de estrechos grupos sociales basados en creencias comunes y tradiciones quiero hilvanar un tercer ejemplo que no tiene que ver con Saba en su pobreza ni con Qandel en su extrovertida forma de vida compartida en las redes antes de ser estrangulada. El tercer caso es el de una mujer de 50 años, Esti Weinstein, quien durante la mayor parte de su vida perteneció a la rama hasidi de los judíos ultra ortodoxos que, semejante a los casos anteriores, también controlan la vida de sus integrantes, en especial la de las mujeres. Con quién se casarán, cuántos hijos tendrán, cuántas veces al mes tienen relaciones sexuales –UNA- y la imposición de una vida recatada dentro del círculo cerrado de quienes practican su religión son las características que más impactan a los “gentiles” o extraños. Durante 43 años de su vida esta mujer se mantuvo atenta a los lineamientos dictados por su dios e interpretados por sus líderes hasidis, hasta que decidió salir de la secta contra la voluntad de todos, incluidas siete de sus ocho hijas. A pesar de estar fuera, -o tal vez por ello, porque no soportó la presión que ejercieron en su contra-, la señora Weinstein desapareció un día de junio pasado para aparecer muerta a los seis días con una nota explicando su vida y su muerte. Ambas marcadas por el intenso control a que había sido sometida.

A Esti Weinstein no la mataron las manos de su hermano, ni su padre le puso una pistola en la cabeza, se suicidó por no encontrar salida al repudio que expresaban hacia ella sus antiguos correligionarios. Poco importó a la comunidad y a su familia –de muy alto linaje dentro de su grupo- sus deseos de libertad. Para los hombres que interpretan la religión a su favor sin cortapisas, y para muchos igual de machistas con los que tratamos a diario en México, lo más valioso de las mujeres es nuestro sometimiento a las reglas que ellos inventan para controlarnos. Qandeel, Saba y Esti fueron castigadas por ellos, por los que no soportan que una mujer viva fuera de las reglas establecidas.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 18 de julio de 2016

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