MI CIUDAD

 

En las últimas semanas he salido con mi esposo a recorrer la ciudad. Ya me había dicho que existían colonias que yo ni siquiera sospechaba y que él ha conocido debido a su trabajo. Habíamos postergado nuestras salidas hasta que logramos organizarnos para empezar paseos no planeados a la zona suburbana de la capital. Recuerdo un viaje a las colonias incipientes en la zona del aeropuerto hacia el río Huacapa, hace tres o cuatro lustros, el cual significó una inmersión en un lugar de miseria evidente con casuchitas de madera, lámina y cartón y con carencias de todo tipo.

En cambio mi primera impresión al ir ascendiendo, en los que llamamos nuestros tours domésticos, es la capacidad de construcción de viviendas que distingue al Chilpancingo del siglo XXI. Para donde usted mire podrá apreciar construcciones en proceso o terminadas de todos tamaños que obligan a preguntarse de dónde salen los recursos para ello en una ciudad sin industrias, con escasos empleos en el gobierno de distintos niveles y con un comercio constreñido por la llegada de las trasnacionales, por el alza del dólar y por la inflación galopante de los últimos meses. Sin perder de vista las zonas en donde pueden existir viviendas inacabadas o de materiales endebles, las colonias de la capital, sobre todo las ubicadas al poniente o al suroeste de la ciudad, son lugares donde predominan viviendas nuevas y enormes que no comulgan con escasez de dinero.

Si usted decide adentrarse en una calle que parte desde la lateral norte-sur de la autopista hacia el poniente de la ciudad puede subir por una vía pavimentada con concreto hidráulico, nueva, sinuosa y empinada que va recorriendo decenas de colonias como una espina dorsal que parte la colina. Disfruto el panorama desde lo alto del cerro marcado por la ruta transversal de esta calle larguísima y curveada que asciende por cientos de metros sin que logremos ver su final, pero no puedo quitarme de la cabeza en qué momento Chilpancingo tuvo la capacidad económica necesaria para construir tantas viviendas casi de un solo golpe. Por supuesto sé que hay familias que han ahorrado y construido sus casas a lo largo de los años, con mucho esfuerzo y dedicación. Conozco de primera mano esa veta por que la viví con mi familia y con antiguos conocidos y vecinos que de igual manera construyeron sus hogares. Pero el crecimiento al sur-poniente de nuestra ciudad no es el mismo que caracterizó a los antiguos habitantes al poblar las zonas más céntricas u otros puntos cardinales de la ciudad.

Esa casa bien pintada y con acabados de lujo en la ladera escarpada de este cerro, o aquélla que parece un castillo por su forma y tamaño, con tres niveles, dos torres y, por lo menos diez habitaciones, no son las casas de esforzados empleados de gobierno. Esa otra recién construida, totalmente terminada y con una ronda de alambre de púas coronando sus altísimas bardas no es común ni pertenece a un pequeño comerciante ni a un profesor. ¿Qué puede contener esta vivienda que se tiene que resguardar con tal recelo? ¿Y si más que impedir que alguien entre sin permiso, lo que se busca es que nadie salga sin autorización? Bajando a la izquierda se pueden ver dos edificios de varias plantas sin alguien que le dé vida a tantos metros cuadrados de construcción en obra negra. ¿Quién tiene la capacidad de invertir gran cantidad de recursos para ser desperdiciados de tan torpe manera? ¿Cómo es que el suroeste logró en una década este crecimiento desparramado a lo largo y alto de sus cerros con una fiebre de construcciones nuevas y lujosas sin pasar por las chabolas o favelas o ciudades perdidas que caracterizan a otras ciudades de América Latina? Nuestros invitados de este domingo tienen una respuesta. Él me toca el brazo y me dice algo con voz baja. No le presto atención, voy distraída al tratar de retener en la mirada y en la memoria los nuevos confines de mi ciudad, de sus paisajes transformados. Después de unos minutos mi cerebro capta lo que me ha dicho en susurros y logro conectar mis preguntas con la respuesta que me brinda mi nuevo acompañante.

Puede ser cierto: este no es un crecimiento normal, estas construcciones de un momento a otro no son de alguien que ha ahorrado parte de su sueldo para comprar un terreno y después, poco a poco, ir armando un hogar. Estas son edificios construidos en un corto lapso en los lugares más insospechados, en los terrenos más agrestes con la ayuda de esta única vía pavimentada que recorre desde allá abajo hasta acá arriba, abriéndole paso a la civilización. Esta urbanización nada tiene que ver con la que se ha llevado a cabo durante décadas en la zona oriente de la ciudad por ejemplo, en las colonias que suben desde los cuarteles que antiguamente albergaban a la policía montada. Esas zonas sí crecieron en forma paulatina con el sustento de los salarios de personas que tuvieron que ir lentamente recorriendo todo el espectro de la movilidad social que culmina con una vivienda de concreto. Primero adquirieron el terreno, tal vez hicieron una vivienda de madera y empezaron a construir una planta baja para poder habitarla en obra negra. Después concluyeron el primer piso que, por la premura del arribo de nuevos miembros –una tercera generación-, se quedó sin los acabados o sin la pintura para iniciar una segunda planta que permitiera acogerlos. Construir tres plantas era el sacrificio de casi una vida de un empleado con esposa ama de casa y con cuatro hijos. Ese es el Chilpancingo que yo conocía hasta que mis tours domésticos cambiaron mi perspectiva.

Cómo no creerle a mi invitado con todo este desarrollo inmobiliario con fraccionamientos por aquí y por allá al alcance de nuestra vista. ¿Y cómo refutarle, si 150m2 a dos mil pesos cada uno cuestan la fabulosa cantidad de trescientos mil pesos, en la colonia Ombú que se sitúa en lo más alto de ese cerro al poniente? ¿Y esa pequeña rinconada privada donde algún contratista quiere vender mínimos departamentos terminados en tres millones de pesos? Lo asombroso es que ya le compraron la primera fase. Si usted es de los afortunados que lograron comprar una casa o un departamento en el Fraccionamiento Jardines de Zinnia no tiene por qué preocuparse: una linda avenida de pavimento hidráulico ha sido construida para que usted logre llegar a salvo a su destino. No hay más casas en el perímetro, sólo la primera etapa que ya está habitada y la segunda en obra negra que será vendida en casi un millón de pesos cada vivienda encaramada al pie de un lejano cerro. Por supuesto hay casas comunes y con carencias en los suburbios, no todos perciben dinero de fuentes imprecisas; además de que no hemos recorrido todos los puntos cardinales ni hemos cubierto las más de 800 colonias regulares e irregulares que conforman nuestra ciudad.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 24 de septiembre de 2016.

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