NOCHEBUENA

NOCHEBUENA

¡Hola! Me dice con una enorme sonrisa este pequeñito cuando nos cruzamos a la orilla de la alberca. Le contesto, asombrada por su desparpajo y divertida al ver que alrededor de su pecho lleva un delgado tubo de hule espuma que da dos vueltas a su cuerpo y termina en un amarre peculiar con las puntas como diminutas alas en su espalda, formando un salvavidas hecho a su medida. No hay nada que impida que se divierta ese día.

Doy unos pasos para acercarme a la escalera de la piscina y una niña de diez años más o menos me inquiere desde el agua ¿tú te vas a meter con los nosotros los chiquitos? Me río y le contesto: ¡Claro! ¿Qué no ves que estoy chiquita? Me mira de arriba abajo constatando lo que le he dicho y no puede contradecirme, así que se queda callada. El corazón me palpita rápido y empiezo a sentirme ligeramente incómoda. ¿Quiénes son estos niños que me hablan de tú a tú sin conocerme? Mi timidez sale a flote y se sostiene mejor de lo que mi cuerpo lo hace en el agua.

Empiezo mi rutina de nado tratando de no incomodarlos en los primeros dos carriles que ya ocupan, así que uso el tercero. Entonces, mientras voy de un lado al otro de la alberca tratando de concentrarme en mi respiración, en mis brazadas, en mis patadas y en mis tiempos, empiezo a comprender que no, no es una fiesta como pensé al principio. Hay policías en la entrada y no están custodiando al hijo de algún funcionario festejando su cumpleaños con sus amiguitos. Estos niños son especiales pero no logro saber el motivo. Es sólo al final, cuando salgo a la ducha que capto que las personas que están en las gradas junto a la piscina son los encargados de los niños de la casa-hogar de Chilpancingo, gracias a los logotipos de su vestimenta.

Hacía tiempo que había pensado en visitarlos en su edificio pero el trabajo diario y la necesidad de un burocrático permiso previo me lo habían impedido. Y he aquí que ellos han venido a la alberca donde nado casi siempre sola a estas horas. Llego a casa con la sensación de que debí quedarme más tiempo para conocerlos aunque sea de lejos. Mi horario tan medido en el día preciso en que los llevan me impidió hacerlo y prometo que iré a verlos a su casa.

Jamás imaginé que volverían a la alberca; en esa segunda ocasión yo ya estaba nadando. Ahora son menos y son sólo niñas en la pubertad quienes llegan a la piscina haciendo escándalo. Son todas risas y gritos en el recinto. Logro ver a alguna que por pudor se mete con el vestido para evitar ser escudriñada por los mirones. Inseguridad, la conozco a fondo y se cómo se siente.

¿Cómo acercarme sin generar rechazo? Me da vueltas en la cabeza los días de la tercera semana antes de que vuelva a encontrarme con todos ellos y descubra que Silvia, mi vecina es parte de sus cuidadores. No puede llevar refresco de cola ni chocolate, algunos están tomando medicamento y les hace daño comer esos ingredientes, me indica. La experiencia me permite saber que no será una convivencia fácil. Quienes han sido vapuleados, considerados tan marginales que no son merecedores de tener alguien de su sangre que los cuide no serán amigos fáciles.

El día elegido por mí, sería el cuarto sábado de nuestros encuentros. Coincide con la Nochebuena y a Silvia le parece adecuado porque los niños se sienten más solos en esta época, me comenta. No contamos con que la alberca cerrará temprano y se genera una pequeña confusión de si irán o no, si podré llevarles un pequeño detalle para compartir juntos mientras estén nadando. Preparo pequeños aguinaldos sin saber con certeza cuántos son ni si los veré en este 24 de diciembre. La señorita encargada de la oficina de la alberca me promete llamar si los niños y niñas llegan hoy.

Aunque no fui a nadar, voy a llevarles los presentes para que sepan que he pensado mucho en ellos y que me encantaría poder ayudarlos. Señora, ya llegaron los niños y estarán aquí hasta las dos en punto. Tengo cuarenta minutos para terminar de llenar las bolsitas con dulces, alistarme, pasar por un pastel y llegar a la hora indicada. Los nervios me invaden. La inseguridad me dicta frases sobre mis sencillos regalos. ¿Y si son muy exigentes, y si los ofendo con tan poca cosa, y si…? Tranquila, estás siendo prejuiciosa y eso no está bien. Mantén en mente que tu deseo es dar un poco de alegría.

Diez para las dos de la tarde y casi llegamos al polideportivo. Mi hijo llama para decir que nos están esperando, que marcaron para confirmar que vamos. Me bajo con el pastel para que sepan que estamos aquí y después viene mi esposo con los refrescos, los helados y los aguinaldos. ¡Es la señora que nada! Grita alguien y me siento incómoda con el paquete del pastel en las manos mientras todos esperaban aguinaldos. Quién está a cargo, pregunto torpemente. ¡Yo! ¿Usted es el encargado de los niños? No, de la alberca. ¡Ja! Y entonces con quién me coordino, pienso un poco asustada mientras las muchachitas me rodean. Aparece Silvia en el tumulto y me tranquiliza su presencia conocida.

¿Lo hacemos aquí o se lo llevan? Ojalá quieran llevárselo para que mi tímida niña interna descanse. ¡Aquí! ordena una jovencita; nos lo llevamos porque tenemos frío, dice otra en tono imperativo. No son los encargados quienes deciden sino las chiquillas quienes mandan. Y así será mi primer encuentro con los niños y niñas de la casa hogar. Ellas, adolescentes la mayoría, con su propia historia de desamparo se vuelven exigentes para compensar sus carencias, y su falta de contacto con el cariño de una familia las convierte en bruscas muchachitas mandonas unas, tímidas otras, que se anteponen sin importarles los demás porque no saben si lo que hay va alcanzar para todos o serán relegadas y se quedarán sin nada, como siempre.

No hay orden en la entrega de los sencillos obsequios. Intento hacer contacto visual con las dueñas de esas manos y de esos brazos resecos por el cloro de la alberca y me encuentro con caritas displicentes, con rostros tristes o desafiantes, con miradas bajas o con ojos duros por el sufrimiento, enmarcados por cabellos enredados y chorreando agua todavía. Algunas llevan su toalla mojada alrededor del cuerpo. Deseo que los regalos alcancen y no me hagan quedar mal.

Me divierto cuando oponen resistencia a los helados y una grita frente a mi sin dirigirse a mi persona ¿Frío, nos están dando algo frío? Pero toma la paleta para comérsela, olvidando sus remilgos. Heme aquí en medio de esta pequeña marabunta de jovencitas salpicada con dos o tres niños pequeños que aparecen de pronto entre sus piernas y a quienes me dirijo en forma especial. Entre ellos está Esteban, el desparpajado pequeñito que me saludó la primera vez, en quien pienso con frecuencia, y que no quiere abrir su helado para que no se le acabe. Le digo que se va a desbaratar con el sol y me ofrezco a abrirlo; acepta con un gesto y me remonta de golpe a los días en que mis hijos necesitaban de mi ayuda para abrir una golosina.

Empiezan a llover las gracias de su parte cuando les agradezco que nos esperaran para compartir estos momentos y nos vamos juntos caminando a la salida, vigilados de cerca por los guardias. Y sí, debo agradecerles por haberme regalado uno de los mejores días de mi vida en esta nochebuena de 2016.

Publicado en vertice.com y su versión impresa el 27 de diciembre de 2016.

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