Ricardo

Hace veinte años, el 6 de abril a las 3.30 p.m., nació mi segundo hijo, Ricardo. Ese domingo nos levantamos temprano para salir de paseo. Noté una gotita de sangre en el papel  cuando fui al baño y nos fuimos de inmediato al hospital. -Busquen a su ginecólogo, fue la indicación del médico de guardia. El doctor Hernández nos confirmó el diagnóstico: el bebé estaba sufriendo y necesitaba operar de urgencia. -Requiero un equipo con anestesista, pediatra y enfermera.

¿Dónde están todos los médicos en domingo? Mi ginecólogo nos hizo favor de reunirlos y a las tres de la tarde estaba en la plancha temblando involuntariamente de frío y de miedo. Cortaron mi vientre y sentí el dolor de la manipulación de mi carne, grité con todas mis fuerzas que me pusieran más anestesia. -No podemos darte más porque tu bebé va a nacer dormido y no sabremos si estará bien, ¿eso quieres? -No. Después de minutos eternos, el anestesista dijo ahora sí vamos a dormirte. Antes de perder el conocimiento recapacité en que el  reloj en la pared estaba atrasado, no le habían cambiado la hora y aún marcaba las 2.30 del horario de invierno.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que desperté en la cama de mi cuarto de hospital. El bebé llegó antes que yo porque al realizar la cirugía los médicos encontraron una enorme hemorragia interna que hizo dudar si nos salvaríamos ambos. Tienes que elegir, le plantearon a mi esposo, ¿la madre o el niño? Ese bebé indómito había desprendido la placenta con la animosa energía que lo caracteriza desde entonces. En lugar de esperar a mayo, Ricardo decidió que la inauguración del horario de verano en México sería la fecha adecuada para conocer el mundo e imponer su voluntad.

Mi hijo tiene anécdotas que demuestran su férreo carácter desde niño. Aunque su hermano mayor era su principal víctima, sus padres, sus tíos, sus abuelos y sus profesores sucumbimos a sus exigencias de diferentes maneras. Una hazaña da cuenta de sus alcances. El verano de sus cuatro años recién cumplidos los inscribimos en el curso del CREA. El segundo día acudimos temprano hasta las instalaciones deportivas en nuestro auto. Los niños con su mochilita y un  lunch ligero para la media mañana. Dos horas después, Ricardo apareció en la puerta de la casa. Salimos corriendo en busca de su hermano o de algún adulto que lo acompañara. -¿Por qué no estás en el deportivo? -No me gusta el curso así que me vine. ¿Cómo? ¿Con quién? -Yo solo, caminando. ¿Desde el CREA? -Sí.

Teníamos que reclamar a los encargados del curso. Durante el camino de regreso -3.5 kilómetros y 40 minutos a pie, según Google Maps- el niño nos fue indicando por dónde había caminado solo cruzando avenidas congestionadas de autos, la lateral de la autopista y la construcción del paso elevado que comunica el lado oriente con el poniente de la ciudad a la altura del Congreso. Choferes de camiones de volteo entrando y saliendo sin una mínima idea  de que un niño pequeño podía cruzarse en su camino de salida en reversa. En el estacionamiento de la recién inaugurada Comercial Mexicana, Ricardo nos explicó que le había dado hambre y se sentó bajo un árbol junto al encauzamiento a ingerir su lunch. En el deportivo, las profesoras ni siquiera se habían dado cuenta de que Ricardo había escapado. Desde ese día redoblaron la vigilancia y cerraron los accesos porque un niño de escasos cuatro años burló su pésimo cuidado.

Mi hijo tiene capacidades tan excepcionales que se aburre con la cotidianidad. Al año y medio se expresaba con un extenso vocabulario en español y aprendió inglés como un nativo en los dos meses que contratamos televisión por cable con caricaturas en ese idioma cuando tenía cinco años. A los trece le pedí que acompañara a Moi a un verano en Estados Unidos porque yo sospechaba que sabía mucho más inglés de lo que aceptaba. Al pasar por la aduana de ingreso fungió primero como traductor entre el agente y su hermano, pero cuando el empleado federal se dio cuenta de lo bien que se desenvolvía en inglés lo convirtió en el interlocutor principal de la entrevista, un papel casi siempre reservado a los adultos.

También es perseverante y gran abogado, si discutimos sobre cualquier tópico en el que diferimos, solemos tener una batalla verbal larga y complicada –casi siempre divertida- que sólo se resuelve con una frase contundente que deje al otro sin palabras. Te amo, hijo, te admiro y deseo que la vida te depare salud y felicidad que lo demás es accesorio. ¡Feliz cumpleaños, Ricardo!

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 10 de abril de 2017.

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