Feliz cumpleaños

Mañana es el cumpleaños 74 de mi progenitora, de mi “jefa” como le digo en tono de broma, desprendiéndome de la solemnidad o de la cursilería con que muchos llaman a su madre. Es un hecho que trabajo para ella y defiendo sus intereses ad honorem. Sin embargo, voy a evitar hablar de nuestra relación cuasi laboral en donde ha sido una jefa muy exigente y quisquillosa.

Margarita Damián Huato proviene de una familia numerosa, ella es la segunda de nueve hermanos, descendientes de Eduardo Damián y de María Encarnación Huato profesores rurales que con sus ingresos pudieron mantener a sus hijos en condiciones precarias de las que he oído burlarse a mis tíos a lo largo de mi vida, tal vez como una catarsis al sufrimiento que les provocó la escasez de alimentos y el trabajo esforzado desde su infancia temprana.

Mi madre nació en un poblado llamado El Naranjo, Guerrero, en la sierra entre Tierra Caliente y la Costa Grande del estado. Cada madrugada, ella junto a su hermano mayor se encargaban de moler la masa para las tortillas. Para lograrlo mi madre se subía en una silla (tenía 4 años) y, mientras mi tío daba media vuelta a la manivela colgándose de ella, mamá terminaba la vuelta desde su lugar. Mi abuela la mandaba lavar la ropa al río desde los 6 ó 7 años y mi madre recuerda que enjabonaba la ropa y la tendía en las piedras como solían hacerlo antaño para que se blanqueara. Entonces aprovechaba para subirse a los árboles y cortar fruta para distraerse. Lo lograba tan bien que se olvidaba de su encomienda hasta que las demás lavanderas, señoras todas, le gritaban para que bajara y enjuagara su ropa.

Anécdotas que demuestran el forjamiento de su carácter tiene bastantes, sin embargo, la que mejor refleja la voluntad férrea con que se empeñó en que su sueldo de profesora y el de su esposo como empleado alcanzaran para que sus cuatro hijos tuvieran un techo, comida suficiente y la carrera que ellos eligieran, es una que cuenta con nostalgia y orgullo. Al terminar sus estudios en el Colegio del Estado, cuando ya radicaban en Chilpancingo, donde se esforzó en mantener las mejores calificaciones al mismo tiempo que se hacía cargo de la mayor parte de los quehaceres domésticos, mi madre obtuvo una beca para ir a estudiar al prestigiadísimo Tecnológico de Monterrey de los años cincuenta. Su enlace había sido el Dr. Rosalío Wences Reza, su profesor, quien le había sugerido solicitarla conocedor de la inteligencia brillante de mamá.

Margarita tuvo que valorar irse a Nuevo León a los diecisiete años. Ella podría soportarlo pero sus hermanos, sumidos en la pobreza, tal vez no lo lograrían. Dijo no a la beca y se fue a trabajar como profesora rural para ayudar en la manutención de la casa. Mis tíos recuerdan con claridad que con su primer sueldo se compró comida en abundancia, tanta que no podían creerlo. Mamá aportó todo su dinero a la casa paterna durante una década, hasta que mi padre y ella formaron su propia familia. Margarita Damián es una sobreviviente, una luchadora, después de más de 25 años con diabetes, mantiene controlada su enfermedad gracias a su dieta, al ejercicio y a sus medicamentos. Deseo que viva muchos años más, sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de felicitarla por una vida de grandes lecciones y mejores decisiones. ¡Felicidades mamá!

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¡Mamá te amo!

Mom I love you! Recibí esta frase vía Whatsapp asombrada de que proviniera del número de mi hijo de 23 años. No es que ignore que mi primogénito me ama, sino que sus muestras de amor habían sido menos explícitas. Desconfiada como soy, pensé que la seguridad de su celular había sido eliminada para alguna broma de sus amigos y sólo respondí un ¡Y yo a ti! Esperé durante varios minutos con una sonrisa radiante y el corazón alborotado por la felicidad, con la duda rondando mi cabeza: ¿Debía insistir para saber el porqué de su declaración de amor?

Después de algunos minutos, mi apasionamiento cedió a la necesidad de saber que mi hijo estaba bien. Se lo pregunté por otra vía, sin respuesta. No conozco sus horarios en el semestre que inicia así que aventuré una llamada para oírlo, para saber que se encontraba bien y para tratar de averiguar sus razones para expresar su amor a mitad de la mañana del martes. Me contestó en medio de un receso, estaba a punto de comenzar clase; apenada por la interrupción sólo inquirí sobre el hecho de si había sido él quien me había escrito un poco antes. Sí, fui yo, mamá. De acuerdo.

Para algunos puede ser intrascendente la frase que para mí ha significado mantenerme en un estado de levitación durante la semana. Estoy segura del respeto que mi hijo siente por mí, de su admiración y de su amor, sobre todo desde que compartimos un año y medio en forma intermitente durante 2011-2012. Él y yo, solos, luchando para conseguir sus metas y, al mismo tiempo, viviendo mis propios sueños. Compañeros solidarios, aprendimos a interpretar los gestos del otro al ver nuestros rostros, supimos consolar nuestras soledades y lloramos en el pecho del otro la separación de nuestros seres queridos.

Lo vi madurar, afianzarse en un medio que le era desconocido, arrojarse de lleno al primer amor sintiéndose invencible ante el tiempo y la distancia, los enemigos de su relación con la alemana. Soy testigo de su compromiso con la vida que eligió, del respeto y del cariño que se ha ganado entre sus amigos y sus conocidos. Me lo dicen en los diferentes ámbitos en que se desenvuelve, tu hijo es un gran muchacho. Acepto como bendiciones sus palabras con el corazón satisfecho de saber que vive entre gente que lo quiere porque él se lo gana a diario.

“No importa de dónde vengas, ni cuál es tu religión, voy a tratarte igual que a los demás. Bienvenidos nuevos amigos de todo el mundo” escribió recién en su muro de Facebook. Yo también te amo y te admiro hijo, recuérdalo.

Publicado en http://www.angulo7.com y http://www.verticediario.com con su edición impresa el 8 de febrero de 2014.


Charlas de viajeros

Me prometí que nunca me cansaría de viajar. Me encanta viajar, conocer nuevos lugares, escuchar otros lenguajes. Sin embargo las desveladas, el encuentro con algunos malencarados empleados de los escritorios de las aerolíneas, las exigencias de los wannabe que te tocan como compañeros de asiento, los trasbordos y las encueradas forzosas en las aduanas, hacen que en ocasiones mi ánimo decaiga.

En este viaje en especial, me tocó sufrir a un terrible griposo como lo bautizó la esposa de mi compañero de asiento. Al subir al avión, antes de despegar, no sé si por iniciativa propia o por la de los aeromozos, el griposo o alérgico fue relegado a unos de los asientos libres atrás, donde me vanagloriaba con antelación que estaría de maravilla cerca del baño, pero no tanto para ser molestada por las sempiternas líneas de espera de los pasajeros para cumplir con sus funciones corporales o para darse una manita de gato.

No terminaban de encenderse los motores cuando una lluvia de gérmenes combinada con una gran cantidad de saliva atravesaron los escasos 30 centímetros en diagonal que me separaban del enfermo. Me comprometí a no enfermarme, haciendo gala de una concentración extrema que puedo rescatar de diferentes etapas de tortura que he tenido a lo largo de mi vida y que he superado gracias a la tenacidad heredada de mi abuela y de mi madre.

No quedaba de otra, tres horas y media en el mismo espacio de un metro cúbico junto al estornudador de calibre olímpico no me dejaban opción. ¡Concentración y paciencia, Solín, mucha paciencia! Me asombraba su capacidad para estornudar a velocidades inusitadas y tratar al mismo tiempo de descongestionar sus fosas nasales con un ruido ensordecedor que debe haber llegado a la cabina del avión situada a, por lo menos, 30 metros adelante, con la puerta cerrada.

De acuerdo, viajar en avión hoy es como viajar en un guajolotero. Llegamos con maletas panzonas de tanta cháchara que no caben en los compartimentos altos. Ahí van los aeromozos acomodándolas y echando miradas furiosas por el inconveniente de tener que vigilarnos y atendernos. Y qué decir de los pasajeros desobedientes que están tomando fotos durante el aterrizaje o el despegue, momentos prohibidos para cualquier aparato electrónico. La cubanoamericana que no cierra su laptop en la que ha trabajado durante todo el abordaje de pasajeros y sigue en ella cuando avisaron desde hace ya mucho tiempo que tenía que cerrarla y el avión se desliza por la pista.

Este viaje, sin embargo, estuvo coronado por la cereza del pastel de mi charla tardía con la esposa de mi compañero de la derecha. En el momento que me paré al baño por segunda vez –en la primera dormían- aprovecharon para ir también y cambiar de lugar. Así que la mujer quedó a mi lado y empezamos esas conversaciones banales de vecinas de asiento que saben que tal vez nunca volverán a verse. Esther me dio consejos, me interrogó sobre mi preparación profesional y mi estatus migratorio. Me enteré de su vida y la de su esposo e hijos, durante los últimos sesenta minutos arriba del avión.

Lo que me dejó asombrada y por lo que la menciono en este artículo es por su manera cruda y simple de analizar la violencia en México: “Sé que suena mal pero de algún modo tenemos que acabar, ¿no? Ya somos muchos en el país y con las matanzas nos vamos haciendo menos”.

Publicado en Verticediario el 15 de abril de 2012.


Experiencia religiosa

No me considero una persona religiosa en términos comunes. Creo en un ser supremo que no necesita religiones como intermediarias para que los seres humanos se mantengan en contacto con él. Creo en Dios, no tanto en las religiones y menos en los religiosos y sus feligreses, quienes tienden a la discriminación cuando se encuentran con personas que no comulgan la misma creencia. El fanatismo religioso sumado a la ignorancia es terreno fértil para lo peor en los seres humanos.

El temblor del sábado diez me permitió vivir una experiencia única sobre la oración. Ese día, mi negocio estaba lleno de niños jugando los juegos de video que rentamos. Al sentirse los primeros movimientos telúricos, a sabiendas que todo lo que tenemos en la tienda puede convertirse en proyectil, me encaminé hacia las puertas, mientras los ocho o diez niños y niñas que estaban ahí trataban de hacer lo mismo.

Me dediqué a llamar a Ricardo, mi hijo menor, tratando de que estuviera a mi lado durante ese trance. No lo logré porque entre nosotros se interpusieron los niños que intentaban salir hacia la calle. Yo alcancé una pequeña puerta y seguí llamando en voz alta a mi hijo, a quien logré ver que había llegado a la puerta más grande antes de que la luz se fuera.

Si las niñas y niños habían logrado mantenerse calmados hasta ese momento, el apagón exacerbó su ánimo y empezaron a gritar. Los que se encontraban junto a mí me abrazaron muy fuerte y de pronto me sentí rodeada de los bracitos de tres o cuatro niños y una niña que además incrustaban su cabeza entre mis costillas buscando un refugio que, según ellos, yo podía brindarles. Sus cuerpos y los de los demás niños hicieron una cadena humana que me conectaba físicamente con mi hijo separado de mí un metro y medio, y a quien veía en la oscuridad disipada por la luz de un celular.

Al ver la intensidad del sismo, recurrí a una frase característica de mi abuela quien en los momentos de peligro llamaba a su “papá Chuy de Petatlán” y que yo, en el nerviosismo del momento, tergiversé por un “Padre Nuestro de Petatlán”. Nunca imaginé que esta frase desencadenaría que los niños y niñas a mi alrededor empezaran a rezar el Padre Nuestro en una voz tan fuerte y clara que durante el clímax del temblor yo no pude escuchar nada más.

No sé cuánto tiempo duró el temblor en segundos o minutos, sé que tardó un Padre Nuestro y un Ave María que los niños y niñas rezaron al unísono en voz alta, abrazados a mí brindándome un valor y una protección insospechados. Pensé que la casa se derrumbaría y nos hallarían tan indisolublemente ligados que sería casi imposible separarnos.

Mi miedo se diluyó en el asombro de saber que podía morir abrazada por varios niños desconocidos que rezaban oraciones para alejar su propio temor. Maravillada, no tuve más opción que unir mi voz a sus voces infantiles para rezar el Padre Nuestro, mientras veía el rostro de mi hijo en la penumbra. Creo que no habría tenido mejor forma de morir, si hubiera sido el caso.

Publicado en Vértice el 24 de diciembre de 2011.


SUEÑOS

Los sueños se cumplen si se persiste en ellos y se trabaja para lograrlos. Me gusta acordarme de la gente que amo todos los días y no solo los que marca la etiqueta, es decir, los cumpleaños, los aniversarios o los funerales. Hoy voy a escribir sobre la persona que me ha ensenado a soñar, mi hermano Ricardo. Juntos hemos descubierto que la mejor manera de vivir es trabajar soñando o soñar trabajando para alcanzar las metas.
Desde niño Ricardo dio muestras de la inteligencia que lo caracteriza. Tenía seis años cuando subido en una silla para alcanzar el mostrador, hacía cuentas mentales para cobrar a los clientes en el negocio de nuestra familia y las personas quedaban asombradas por sus aptitudes para las matemáticas. De igual forma con su aplomo característico lograba -cada vez que salía de paseo o por algún encargo de mis padres- que el taxista o el chofer de la combi admitiera como pasajero a Zuky, su perro, aunque ello iba en contra de los reglamentos de transporte.
Podría contar muchas anécdotas divertidas e interesantes sobre la infancia y la adolescencia de mi hermano, sin embargo mi deseo es reconocer la influencia benéfica que ha tenido en mi existencia. Mi hermano menor me ha enseñado muchas de las mejores cosas en mi vida. Ha estado conmigo en los mejores y en los peores momentos, salvando la distancia física que nos separó durante casi diez años.
Ricardo es un intrépido y exitoso empresario que ha tomado las riendas de su vida con mucha pasión y entusiasmo. Ha sabido ser perseverante y obstinado en un ambiente que a veces ha sido negativo para sus sentimientos o para sus intereses. A pesar de ser tan joven, es un muchacho organizado y sensato que ha aprendido sus lecciones a solas sin ser introvertido. Todo lo contrario, en el lugar donde radica cuenta con un extenso número de conocidos y un selecto pero no reducido grupo de amigos que lo quieren y lo cuidan.
No obstante que es una década menor que yo, Ricardo me ha dado lineamientos fundamentales para mi crecimiento personal, me ha enseñado solidaridad en los momentos en que he sentido desfallecer, me ha escuchado con paciencia las mil y una cosas que le contaba durante las largas horas al teléfono para minimizar nuestras ausencias, me ha dado fortaleza y me ha apoyado cuando he necesitado un amigo. En realidad mi hermano es mi gran amigo. Si otros cuentan con un mejor o una mejor amiga que no es de su familia, yo puedo decir que, en mi caso, esa figura la cumple a cabalidad mi hermanito.
Yo ignoraba hasta hace poco que yo he motivado varias decisiones fundamentales para él: sus deseos de conocer el mundo y aprender otros idiomas, su certeza de que puede –ya lo ha hecho- alcanzar grandes metas, no abandonar sus propios sueños y sus ganas de leer y cultivarse. No sé si estamos a mano, creo que no. Pienso que en este intercambio de opiniones, ideas y proyectos, quien ha salido ganando he sido yo, porque no cualquiera puede tener un hermano como el mío: inteligente, organizado, decidido, sensible, solidario y, sobre todo, un gran amigo.
Publicado en Vertice 16 de julio de 2011.


Proyecto

Mirador de la Reserva Forestal Great Smokies Mountains. Foto moigb.

A poco más de dos años de iniciar este proyecto voy a justificar su existencia. Las personas que hacen el favor de leerme, que conocen mi preparación académica, en ocasiones me preguntan por qué no escribo siempre sobre política o sobre cuestiones internacionales o sobre Derecho.
Mi respuesta es que este proyecto nació no sólo como una columna para mantener informadas sobre las áreas mencionadas a personas con tiempo limitado para leer. Mi interés no es abordar esos temas a niveles profundísimos porque ya lo hacen otros autores en este y otros medios. En realidad este es un proyecto pensado para escribir y describir en un pequeño espacio una idea o una noticia, de manera que las personas terminen de leerlo y no lo dejen por falta de tiempo o interés en el tema.
Soy escritora y me gusta escribir. La escritura, me doy cuenta a estas alturas de mi vida, me define como ser humano. Así como a otros los define la música, el canto, la medicina o cualquier otro oficio o profesión, mi gran pasión es la escritura. No sé si soy escritora de fondo o de cien metros planos o de maratón para utilizar la jerga del atletismo, y que en alguna ocasión usó alguno de mis lectores; estoy segura de que sobrevivo gracias a la escritura.
Sobrevivir para muchos significa ganancias monetarias. Aunque en pesos o cualquier otra moneda de cambio no recibo nada por mi escritura; a mí me llena de placer, de satisfacción, de orgullo poder compartir lo que pienso y lo que siento a través de las letras. Para usar el comentario de otra lectora de mi blog: Me encantan los sentimientos convertidos en palabras. Cuando hablo de sobrevivencia, hablo de que la escritura me ha acompañado en los momentos más difíciles de mi vida y hoy le da sentido. Cuando una persona encuentra este sentido en su vida puede decir que es feliz sin cortapisas. Yo lo soy.
La gente vive a diario en un mundo tan duro y áspero, con tantos problemas económicos, con marañas políticas, con reportes de terremotos y tsunamis, con la espada de Damocles del calentamiento global que está derritiendo los polos a velocidades increíbles, con trata de personas y pederastia, con migrantes expulsados de sus países de origen, maltratados en los países de paso y explotados en su país de destino, con tornados en lugares insospechados, con la falta de comida en muchos lugares del mundo mientras en otros se tiran toneladas en buen estado, con gente que tiene ingresos diarios de diez pesos o menos mientras hay multimillonarios que hacen crecer su fortuna a cada hora, que retomar esos temas es echar sal en las heridas.
¿Quieren que hable de ellos para ser considerada una escritora de fondo? Entonces quiero ser la reina de los cien metros planos. De esas noticias se ocupan los informativos, los noticieros que contratan al mejor merolico para que, con voz dramática, anuncie la peor noticia por venir en el próximo segmento. No hablo sólo de cosas bonitas porque sería un mundo ideal, pero creo que tenemos suficientes problemas en el mundo para continuar echando paladas de pesimismo sobre ellos. Tampoco me gusta la tinta derramada por personas que dicen criticar a quienes están en el poder cuando en realidad lo que buscan es obtener prebendas para callar sus errores. No promuevo la conformidad pero tampoco planeo crear una revolución en este espacio.
Este es un brevespacio para una lectura rápida acerca de una noticia, de una idea, de un sentimiento o de un estado de ánimo, de cosas importantes y no tanto; se trata de comunicar, de transmitir. Aunque las personas pueden decir lo que piensan sobre lo que escribe la autora,  soy afortunada porque recibo felicitaciones verbales y escritas que me alientan a continuar con este proyecto.
Publicado en Vértice el 4 de junio de 2011


DÍA DEL MAESTRO

moigb

Para mis profesoras y profesores.
Contrario a lo que creo sobre el día de la madre –una fecha que no debe celebrarse en un día solo, sino todos los días- el del maestro sí me parece oportuno porque es muy raro que un profesor sea reconocido por los alumnos y tiene que forzarse este agradecimiento con una fecha especial.
Pues bien, una confesión: estuve enamorada platónicamente de mi profesor de inglés en la ESFAID. Espero, profesor Sidronio, que no le incomode mi tardía declaración de amor. Cuando usted se presentó en el salón hablando en inglés, yo quedé impresionada para siempre y deseé con toda mi alma aprender ese idioma. Me volví disciplinada en las tareas, las hacía con mucho cariño porque ansiaba que usted me reconociera como su mejor alumna y lo logré, tanto que muchos años después usted me presentó con su colega como tal: su mejor discípula.
Por supuesto, reconozco que el incentivo adicional del amor platónico hacia usted me hicieron aprender inglés sin clases previas en una secundaria pública, donde muy pocos lo hicieron (sólo conozco el caso de mi primo). Sin embargo, usted, como la mayoría de los profesores, tuvo la paciencia para tratar de trasmitirnos sus conocimientos.
Recuerdo a mi profesora de español en la secundaria quien encauzó mi pasión por la lectura, a mi profesora de geografía con quien puse a prueba mi memoria para aprenderme todos los países del mundo y sus capitales. ¡A mi profesor de matemáticas! quien tal vez no se equivocó cuando me dijo que debería estudiar ciencias –de las que sirven, como dice mi hijo menor- y yo no seguí su consejo.
Uno se equivoca, profesor Clemente, pero todo tiene un sentido en la vida. Gracias a mis estudios en ciencias sociales he conocido profesores grandiosos: por su discurso, por su inteligencia, por su generosidad, por su organización, por su sentido del humor. En este apartado quiero citar a quien me hizo blanco de sus bromas durante todo un semestre en la facultad de Derecho, el licenciado Emiliano Corona Solano (qepd). No me perdonó un exabrupto y me lo cobró a lo largo de varios meses con toda clase de epítetos y jugarretas. Para rescatar mi maltratado ego, puedo decir que me pidió disculpas frente a todo el grupo al final del semestre diciendo la señorita Damián –como él me llamaba- es la única que jamás contestaría a mis groserías.
Reconocer a algunos profesores en la Unidad Académica de Derecho es quedar en deuda con alguien, lo mismo del CBTIS 134 o del Instituto Internacional de Estudios Políticos Avanzados “Ignacio Manuel Altamirano”, a todos les debo mucho de lo que soy, mis aspiraciones y anhelos. Un gran abrazo de su alumna.
Publicado en Vértice el 14 de mayo de 2011