NOCHEBUENA

NOCHEBUENA

¡Hola! Me dice con una enorme sonrisa este pequeñito cuando nos cruzamos a la orilla de la alberca. Le contesto, asombrada por su desparpajo y divertida al ver que alrededor de su pecho lleva un delgado tubo de hule espuma que da dos vueltas a su cuerpo y termina en un amarre peculiar con las puntas como diminutas alas en su espalda, formando un salvavidas hecho a su medida. No hay nada que impida que se divierta ese día.

Doy unos pasos para acercarme a la escalera de la piscina y una niña de diez años más o menos me inquiere desde el agua ¿tú te vas a meter con los nosotros los chiquitos? Me río y le contesto: ¡Claro! ¿Qué no ves que estoy chiquita? Me mira de arriba abajo constatando lo que le he dicho y no puede contradecirme, así que se queda callada. El corazón me palpita rápido y empiezo a sentirme ligeramente incómoda. ¿Quiénes son estos niños que me hablan de tú a tú sin conocerme? Mi timidez sale a flote y se sostiene mejor de lo que mi cuerpo lo hace en el agua.

Empiezo mi rutina de nado tratando de no incomodarlos en los primeros dos carriles que ya ocupan, así que uso el tercero. Entonces, mientras voy de un lado al otro de la alberca tratando de concentrarme en mi respiración, en mis brazadas, en mis patadas y en mis tiempos, empiezo a comprender que no, no es una fiesta como pensé al principio. Hay policías en la entrada y no están custodiando al hijo de algún funcionario festejando su cumpleaños con sus amiguitos. Estos niños son especiales pero no logro saber el motivo. Es sólo al final, cuando salgo a la ducha que capto que las personas que están en las gradas junto a la piscina son los encargados de los niños de la casa-hogar de Chilpancingo, gracias a los logotipos de su vestimenta.

Hacía tiempo que había pensado en visitarlos en su edificio pero el trabajo diario y la necesidad de un burocrático permiso previo me lo habían impedido. Y he aquí que ellos han venido a la alberca donde nado casi siempre sola a estas horas. Llego a casa con la sensación de que debí quedarme más tiempo para conocerlos aunque sea de lejos. Mi horario tan medido en el día preciso en que los llevan me impidió hacerlo y prometo que iré a verlos a su casa.

Jamás imaginé que volverían a la alberca; en esa segunda ocasión yo ya estaba nadando. Ahora son menos y son sólo niñas en la pubertad quienes llegan a la piscina haciendo escándalo. Son todas risas y gritos en el recinto. Logro ver a alguna que por pudor se mete con el vestido para evitar ser escudriñada por los mirones. Inseguridad, la conozco a fondo y se cómo se siente.

¿Cómo acercarme sin generar rechazo? Me da vueltas en la cabeza los días de la tercera semana antes de que vuelva a encontrarme con todos ellos y descubra que Silvia, mi vecina es parte de sus cuidadores. No puede llevar refresco de cola ni chocolate, algunos están tomando medicamento y les hace daño comer esos ingredientes, me indica. La experiencia me permite saber que no será una convivencia fácil. Quienes han sido vapuleados, considerados tan marginales que no son merecedores de tener alguien de su sangre que los cuide no serán amigos fáciles.

El día elegido por mí, sería el cuarto sábado de nuestros encuentros. Coincide con la Nochebuena y a Silvia le parece adecuado porque los niños se sienten más solos en esta época, me comenta. No contamos con que la alberca cerrará temprano y se genera una pequeña confusión de si irán o no, si podré llevarles un pequeño detalle para compartir juntos mientras estén nadando. Preparo pequeños aguinaldos sin saber con certeza cuántos son ni si los veré en este 24 de diciembre. La señorita encargada de la oficina de la alberca me promete llamar si los niños y niñas llegan hoy.

Aunque no fui a nadar, voy a llevarles los presentes para que sepan que he pensado mucho en ellos y que me encantaría poder ayudarlos. Señora, ya llegaron los niños y estarán aquí hasta las dos en punto. Tengo cuarenta minutos para terminar de llenar las bolsitas con dulces, alistarme, pasar por un pastel y llegar a la hora indicada. Los nervios me invaden. La inseguridad me dicta frases sobre mis sencillos regalos. ¿Y si son muy exigentes, y si los ofendo con tan poca cosa, y si…? Tranquila, estás siendo prejuiciosa y eso no está bien. Mantén en mente que tu deseo es dar un poco de alegría.

Diez para las dos de la tarde y casi llegamos al polideportivo. Mi hijo llama para decir que nos están esperando, que marcaron para confirmar que vamos. Me bajo con el pastel para que sepan que estamos aquí y después viene mi esposo con los refrescos, los helados y los aguinaldos. ¡Es la señora que nada! Grita alguien y me siento incómoda con el paquete del pastel en las manos mientras todos esperaban aguinaldos. Quién está a cargo, pregunto torpemente. ¡Yo! ¿Usted es el encargado de los niños? No, de la alberca. ¡Ja! Y entonces con quién me coordino, pienso un poco asustada mientras las muchachitas me rodean. Aparece Silvia en el tumulto y me tranquiliza su presencia conocida.

¿Lo hacemos aquí o se lo llevan? Ojalá quieran llevárselo para que mi tímida niña interna descanse. ¡Aquí! ordena una jovencita; nos lo llevamos porque tenemos frío, dice otra en tono imperativo. No son los encargados quienes deciden sino las chiquillas quienes mandan. Y así será mi primer encuentro con los niños y niñas de la casa hogar. Ellas, adolescentes la mayoría, con su propia historia de desamparo se vuelven exigentes para compensar sus carencias, y su falta de contacto con el cariño de una familia las convierte en bruscas muchachitas mandonas unas, tímidas otras, que se anteponen sin importarles los demás porque no saben si lo que hay va alcanzar para todos o serán relegadas y se quedarán sin nada, como siempre.

No hay orden en la entrega de los sencillos obsequios. Intento hacer contacto visual con las dueñas de esas manos y de esos brazos resecos por el cloro de la alberca y me encuentro con caritas displicentes, con rostros tristes o desafiantes, con miradas bajas o con ojos duros por el sufrimiento, enmarcados por cabellos enredados y chorreando agua todavía. Algunas llevan su toalla mojada alrededor del cuerpo. Deseo que los regalos alcancen y no me hagan quedar mal.

Me divierto cuando oponen resistencia a los helados y una grita frente a mi sin dirigirse a mi persona ¿Frío, nos están dando algo frío? Pero toma la paleta para comérsela, olvidando sus remilgos. Heme aquí en medio de esta pequeña marabunta de jovencitas salpicada con dos o tres niños pequeños que aparecen de pronto entre sus piernas y a quienes me dirijo en forma especial. Entre ellos está Esteban, el desparpajado pequeñito que me saludó la primera vez, en quien pienso con frecuencia, y que no quiere abrir su helado para que no se le acabe. Le digo que se va a desbaratar con el sol y me ofrezco a abrirlo; acepta con un gesto y me remonta de golpe a los días en que mis hijos necesitaban de mi ayuda para abrir una golosina.

Empiezan a llover las gracias de su parte cuando les agradezco que nos esperaran para compartir estos momentos y nos vamos juntos caminando a la salida, vigilados de cerca por los guardias. Y sí, debo agradecerles por haberme regalado uno de los mejores días de mi vida en esta nochebuena de 2016.

Publicado en vertice.com y su versión impresa el 27 de diciembre de 2016.

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MI CIUDAD

 

En las últimas semanas he salido con mi esposo a recorrer la ciudad. Ya me había dicho que existían colonias que yo ni siquiera sospechaba y que él ha conocido debido a su trabajo. Habíamos postergado nuestras salidas hasta que logramos organizarnos para empezar paseos no planeados a la zona suburbana de la capital. Recuerdo un viaje a las colonias incipientes en la zona del aeropuerto hacia el río Huacapa, hace tres o cuatro lustros, el cual significó una inmersión en un lugar de miseria evidente con casuchitas de madera, lámina y cartón y con carencias de todo tipo.

En cambio mi primera impresión al ir ascendiendo, en los que llamamos nuestros tours domésticos, es la capacidad de construcción de viviendas que distingue al Chilpancingo del siglo XXI. Para donde usted mire podrá apreciar construcciones en proceso o terminadas de todos tamaños que obligan a preguntarse de dónde salen los recursos para ello en una ciudad sin industrias, con escasos empleos en el gobierno de distintos niveles y con un comercio constreñido por la llegada de las trasnacionales, por el alza del dólar y por la inflación galopante de los últimos meses. Sin perder de vista las zonas en donde pueden existir viviendas inacabadas o de materiales endebles, las colonias de la capital, sobre todo las ubicadas al poniente o al suroeste de la ciudad, son lugares donde predominan viviendas nuevas y enormes que no comulgan con escasez de dinero.

Si usted decide adentrarse en una calle que parte desde la lateral norte-sur de la autopista hacia el poniente de la ciudad puede subir por una vía pavimentada con concreto hidráulico, nueva, sinuosa y empinada que va recorriendo decenas de colonias como una espina dorsal que parte la colina. Disfruto el panorama desde lo alto del cerro marcado por la ruta transversal de esta calle larguísima y curveada que asciende por cientos de metros sin que logremos ver su final, pero no puedo quitarme de la cabeza en qué momento Chilpancingo tuvo la capacidad económica necesaria para construir tantas viviendas casi de un solo golpe. Por supuesto sé que hay familias que han ahorrado y construido sus casas a lo largo de los años, con mucho esfuerzo y dedicación. Conozco de primera mano esa veta por que la viví con mi familia y con antiguos conocidos y vecinos que de igual manera construyeron sus hogares. Pero el crecimiento al sur-poniente de nuestra ciudad no es el mismo que caracterizó a los antiguos habitantes al poblar las zonas más céntricas u otros puntos cardinales de la ciudad.

Esa casa bien pintada y con acabados de lujo en la ladera escarpada de este cerro, o aquélla que parece un castillo por su forma y tamaño, con tres niveles, dos torres y, por lo menos diez habitaciones, no son las casas de esforzados empleados de gobierno. Esa otra recién construida, totalmente terminada y con una ronda de alambre de púas coronando sus altísimas bardas no es común ni pertenece a un pequeño comerciante ni a un profesor. ¿Qué puede contener esta vivienda que se tiene que resguardar con tal recelo? ¿Y si más que impedir que alguien entre sin permiso, lo que se busca es que nadie salga sin autorización? Bajando a la izquierda se pueden ver dos edificios de varias plantas sin alguien que le dé vida a tantos metros cuadrados de construcción en obra negra. ¿Quién tiene la capacidad de invertir gran cantidad de recursos para ser desperdiciados de tan torpe manera? ¿Cómo es que el suroeste logró en una década este crecimiento desparramado a lo largo y alto de sus cerros con una fiebre de construcciones nuevas y lujosas sin pasar por las chabolas o favelas o ciudades perdidas que caracterizan a otras ciudades de América Latina? Nuestros invitados de este domingo tienen una respuesta. Él me toca el brazo y me dice algo con voz baja. No le presto atención, voy distraída al tratar de retener en la mirada y en la memoria los nuevos confines de mi ciudad, de sus paisajes transformados. Después de unos minutos mi cerebro capta lo que me ha dicho en susurros y logro conectar mis preguntas con la respuesta que me brinda mi nuevo acompañante.

Puede ser cierto: este no es un crecimiento normal, estas construcciones de un momento a otro no son de alguien que ha ahorrado parte de su sueldo para comprar un terreno y después, poco a poco, ir armando un hogar. Estas son edificios construidos en un corto lapso en los lugares más insospechados, en los terrenos más agrestes con la ayuda de esta única vía pavimentada que recorre desde allá abajo hasta acá arriba, abriéndole paso a la civilización. Esta urbanización nada tiene que ver con la que se ha llevado a cabo durante décadas en la zona oriente de la ciudad por ejemplo, en las colonias que suben desde los cuarteles que antiguamente albergaban a la policía montada. Esas zonas sí crecieron en forma paulatina con el sustento de los salarios de personas que tuvieron que ir lentamente recorriendo todo el espectro de la movilidad social que culmina con una vivienda de concreto. Primero adquirieron el terreno, tal vez hicieron una vivienda de madera y empezaron a construir una planta baja para poder habitarla en obra negra. Después concluyeron el primer piso que, por la premura del arribo de nuevos miembros –una tercera generación-, se quedó sin los acabados o sin la pintura para iniciar una segunda planta que permitiera acogerlos. Construir tres plantas era el sacrificio de casi una vida de un empleado con esposa ama de casa y con cuatro hijos. Ese es el Chilpancingo que yo conocía hasta que mis tours domésticos cambiaron mi perspectiva.

Cómo no creerle a mi invitado con todo este desarrollo inmobiliario con fraccionamientos por aquí y por allá al alcance de nuestra vista. ¿Y cómo refutarle, si 150m2 a dos mil pesos cada uno cuestan la fabulosa cantidad de trescientos mil pesos, en la colonia Ombú que se sitúa en lo más alto de ese cerro al poniente? ¿Y esa pequeña rinconada privada donde algún contratista quiere vender mínimos departamentos terminados en tres millones de pesos? Lo asombroso es que ya le compraron la primera fase. Si usted es de los afortunados que lograron comprar una casa o un departamento en el Fraccionamiento Jardines de Zinnia no tiene por qué preocuparse: una linda avenida de pavimento hidráulico ha sido construida para que usted logre llegar a salvo a su destino. No hay más casas en el perímetro, sólo la primera etapa que ya está habitada y la segunda en obra negra que será vendida en casi un millón de pesos cada vivienda encaramada al pie de un lejano cerro. Por supuesto hay casas comunes y con carencias en los suburbios, no todos perciben dinero de fuentes imprecisas; además de que no hemos recorrido todos los puntos cardinales ni hemos cubierto las más de 800 colonias regulares e irregulares que conforman nuestra ciudad.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 24 de septiembre de 2016.


Qandeel, Saba y Esti, o el castigo por ser mujer

 

La vida para millones de mujeres en extensas partes del mundo, México incluido, no es placentera. Recién la semana pasada una chica paquistaní, modelo e internauta, fue estrangulada por su hermano en una venganza  por limpiar el honor de la familia. En nombre de un orgullo en apariencia mancillado por el comportamiento de Qandeel Baloch, su familia la asesinó a través de las manos de Wasim. ¿Era, acaso, Qandeel una criminal? No. Si revisan su página de Facebook la chica de 25 años posteaba fotos de ella en atuendos prohibidos por su religión, pero muy recatados para la moda occidental. He visto otras páginas de chicas mexicanas que suben fotos ultra provocadoras para que sus seguidores las halaguen y les comenten cualquier majadería. En cambio los posts de Qandeel reflejan sus deseos de superación y de enfocar la atención mundial a los casos de sus paisanas que son obligadas a casarse contra su voluntad a temprana edad, tal como su familia lo intentó con ella. En algún pensamiento compartido en las redes dice “no importa cuántas veces me hundan, soy una guerrera y saldré a flote otra vez”, sin embargo, su lucha le costó la vida.

Indagando sobre ella y leyendo en su página, encontré un documental de una chica mitad canadiense mitad pakistaní que ha ganado dos óscares con sus filmes cortos sobre estos problemas de las chicas paquistaníes. A girl in the river. The Price of the forgiveness (Una chica en el río. El precio del perdón) relata la desgracia de Saba, quien enamorada de un hombre más pobre que ella, debía obedecer a su padre para casarse con el cuñado de su tío. Sin embargo, el novio la invita a fugarse y a casarse sin el permiso de su familia, a lo cual accede. Esa misma noche, el padre y el tío le jurarán sobre el Corán que no la dañarán si regresa a casa para hacer las cosas como es debido, es decir, para aparentar que se casará con su anuencia. En lugar de llevarla con su madre, Saba es golpeada, disparada en el rostro –lo que le deja una marca de por vida-  y lanzada al rio en el intento del padre por matarla por haberlo deshonrado.

Ambos casos reflejan el profundo poder que tiene la religión en esta zona del mundo, el sur de Asia. El caso de Qandeel es emblemático de una chica que ha tomado conciencia de sus derechos y que lucha por ellos: se negó a seguir la tradición de aceptar un matrimonio impuesto y ese fue su primer paso público hacia la libertad, aunque su camino fue truncado por un fraticidio. Para Saba el panorama no es muy prometedor desde mi punto de vista, porque no hay una toma de conciencia de qué es lo que está mal con lo que le sucedió. El documental es bueno porque muestra ambos lados del problema: el dolor y el resentimiento de Saba y la decisión intransigente de su padre, de su hermana y de su madre para sostener que hicieron lo correcto cuando intentaron matarla. El incidente, como lo llaman, es lo correcto y es un acto de fe por el que el padre aceptaría pasar toda su vida en la cárcel y con el cual las mujeres están de acuerdo: los padres tienen el derecho de cobrar venganza por la afrenta que representa la fuga de una hija, porque coloca a la familia entera en una posición vergonzosa que los humilla. El respeto y el honor los han abandonado para siempre. El padre le dio el sustento mientras estuvo bajo su protección y ella debía corresponderle con gratitud, como lo manda su religión.

El problema de Saba es que en su rebeldía para rechazar una boda impuesta no hay conciencia, como en el caso de Qandel, sino sólo ímpetu amoroso por otro y, después del atentado, odio hacia su padre y hacia su tío que la marcaron, por lo que pretende dejarlos en la cárcel para pagar por su delito. No desea otorgar el perdón para que sean liberados. Al tratar de llegar a un arreglo para que no continúe con el caso ante los tribunales, los “mayores” de su vecindario – un grupo de hombres, ninguna mujer- expresan su sentencia a favor del padre porque todos fueron educados bajo las mismas reglas y tradiciones. Es decir, la intercesión de los “ancianos” es favorable a los victimarios y, aunque en el film la policía expresa lo contrario,  sospecho que también la ley está en contra de la víctima. Así, Saba es forzada  por su familia política y por la sociedad a perdonar a sus parientes para que puedan salir de la cárcel. Lo peor de todo es que su futuro no parece ser mejor que su presente, porque la interpretación de la religión sostenida con las severas tradiciones que la rodean ahora en casa de su marido, seguirán inmutables. Dentro de ella misma Saba se ha apropiado de esa idiosincrasia que la rodea desde niña. Ella representa a su propia madre de joven, cuando ni siquiera sospechaba que sería puesta en la encrucijada de tener que decidir entre su esposo y su hija, elegir entre lo que se cree y lo que se ama, entre la fe y el amor que, en este caso, son insolubles.

Hablando de fe, de religión, de estrechos grupos sociales basados en creencias comunes y tradiciones quiero hilvanar un tercer ejemplo que no tiene que ver con Saba en su pobreza ni con Qandel en su extrovertida forma de vida compartida en las redes antes de ser estrangulada. El tercer caso es el de una mujer de 50 años, Esti Weinstein, quien durante la mayor parte de su vida perteneció a la rama hasidi de los judíos ultra ortodoxos que, semejante a los casos anteriores, también controlan la vida de sus integrantes, en especial la de las mujeres. Con quién se casarán, cuántos hijos tendrán, cuántas veces al mes tienen relaciones sexuales –UNA- y la imposición de una vida recatada dentro del círculo cerrado de quienes practican su religión son las características que más impactan a los “gentiles” o extraños. Durante 43 años de su vida esta mujer se mantuvo atenta a los lineamientos dictados por su dios e interpretados por sus líderes hasidis, hasta que decidió salir de la secta contra la voluntad de todos, incluidas siete de sus ocho hijas. A pesar de estar fuera, -o tal vez por ello, porque no soportó la presión que ejercieron en su contra-, la señora Weinstein desapareció un día de junio pasado para aparecer muerta a los seis días con una nota explicando su vida y su muerte. Ambas marcadas por el intenso control a que había sido sometida.

A Esti Weinstein no la mataron las manos de su hermano, ni su padre le puso una pistola en la cabeza, se suicidó por no encontrar salida al repudio que expresaban hacia ella sus antiguos correligionarios. Poco importó a la comunidad y a su familia –de muy alto linaje dentro de su grupo- sus deseos de libertad. Para los hombres que interpretan la religión a su favor sin cortapisas, y para muchos igual de machistas con los que tratamos a diario en México, lo más valioso de las mujeres es nuestro sometimiento a las reglas que ellos inventan para controlarnos. Qandeel, Saba y Esti fueron castigadas por ellos, por los que no soportan que una mujer viva fuera de las reglas establecidas.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 18 de julio de 2016


De la carretera a la Luna

El día de la madre de hace dos años mi regalo sorpresa fue la renovación de mi fe en los seres humanos. No soy fanática de la naturaleza humana, se podría decir que soy escéptica. Tal vez no es justificable, pero después de haber sufrido bullying durante mi infancia-adolescencia en la escuela y aún dentro de la familia, además de haber leído demasiados libros sobre las atrocidades que el género humano puede cometer con cualquier pretexto, creo que una parte de mí apuesta a nuestra proclividad a la malevolencia. En fin, esta historia trata de todo lo contrario. No escribí antes sobre estos hechos por temor a perjudicar a quienes formaron parte de la odisea que trato de mantener en mi memoria y en mi corazón.

Ese diez de mayo lo celebramos con una comida en un restaurante. Con el exceso de trabajo que mantenemos desde hace mucho, mi familia y yo disfrutamos cada lapso en que podemos relajarnos. Puesto que era un día festivo nacional, el único en que la mayoría de las madres mexicanas pueden cocinar y arreglarse para sentarse a la mesa junto a sus descendientes, el ánimo era de tomarse unas copas con los alimentos y, tal vez, continuar la fiesta en otra parte. En mi caso, se me ocurrió que podíamos aprovechar el resto de la tarde e ir a Iguala a tomar una nieve en el zócalo. Alrededor de las cinco nos enfilamos hacia el norte. El auto que tenemos parecía en buen estado, aunque su exterior refleja el uso de mis hijos adolescentes, el menor aprendió a manejar en él y lo considera su exclusiva propiedad desde entonces. La Merry, como la ha bautizado, es testigo de innumerables aventuras de su autoproclamado dueño, tantas, que le ha salvado de ser vendida por su intercesión.

Esa tarde la Merry no soportó el elevado calor de la Cañada del Zopilote porque una vez cruzado el puente de Mezcala, paró kilómetros adelante y no rodó más. Ningún poblado se vislumbraba en las cercanías, pero yo estaba confiada en que las aptitudes mecánicas de mi esposo lograrían sacarnos de ahí en un rato. No fue así, mi compañero tuvo que aceptar que la falla del auto superaba sus conocimientos y me lo dijo. ¿Qué hacemos? Caminamos, dije. Si tomamos en cuenta que yo iba con el atuendo de fiesta, de tacón alto y con vestido y mi esposo con zapatos de vestir –que no son su fuerte para caminar-, no era la mejor idea que se me pudo ocurrir, pero mi tendencia a la aventura y nuestra leve embriaguez obnubilaron nuestro sentido común. Tomé mi bolso y enfilamos al norte con la ilustre idea de que al menos nos estábamos acercando a nuestro destino.

Pasaron varios autos a nuestro lado y ninguno se detuvo. Íbamos junto al carril sur-norte por lo que no podíamos ver a quien venía en él sino hasta que nos cruzaban. Habíamos recorrido medio kilómetro, cuando una camioneta blanca de doble cabina nos rebasó a la izquierda y disminuyó un poco su andar. Tuvimos la sensación de que nos evaluaban desde adentro. Sin embargo, continuó sin detenerse. Aunque para ese momento yo había perdido lo chispeante del vino ingerido al recapacitar lo vulnerables que estábamos fuera del auto, en un paraje solitario y a escasos minutos de perder la luz de día, traté de mantener el ánimo festivo para no pensar en cosas negativas. Mi esposo se sumó a la algarabía y caminamos algunos metros entre risas y aparente desparpajo. La pick up blanca regresó en el carril contrario y pudimos ver a sus ocupantes: cinco individuos, tres adelante y dos en el asiento trasero, dentro de la doble cabina con los cristales arriba. Sentí una punzada de pánico en el estómago, dieron vuelta atrás de nosotros y se acercaron lentamente. Se dirigieron a mi esposo y él volteó para decirme si queríamos subir con ellos,  nos llevarían a Iguala para enviar un mecánico o una grúa desde allá. No había mucho que pensar: si quisieran llevarnos a la fuerza, lo harían, aceptáramos o no subir. Así que sostuve la respiración y dije que sí. Mi esposo fue llevado a la caja al aire libre junto con uno de los ocupantes y yo me senté en el asiento trasero de la cabina acompañando a los cuatro restantes. Sólo había que esperar. El efecto del vino había pasado casi por completo. Tenía miedo. Decidí que lo apropiado era iniciar una conversación expresando mi agradecimiento y el de mi esposo por la ayuda en ese trance.

Los vimos pasar hacia el norte, les dije, pero jamás pensamos que regresarían por nosotros. Fue idea de la ingeniera, dijo el chofer con acento norteño,  señalando a la mujer que iba en medio de él y del copiloto. La líder del grupo era una guapa joven blanca con cabello rubio y con el mismo acento con la letra ch arrastrada que caracteriza a esa región de la República. La plática me permitió saber que pertenecían a una de las mineras de los alrededores, en camino a su fin de semana en Iguala. Respiré profundamente y me relajé. El aire acondicionado al tope ayudaba a que mi leve mareo entrara en su fase final. Me di cuenta de que si yo tenía miedo, ellos también lo habían tenido y que me estaban examinando para descubrir si detrás de la falla del auto había una intención malévola. Aunque ellos nos superaran en número, podría ser una emboscada con una pandilla a la vuelta del camino. Bastaron unos minutos para que se dieran cuenta de que éramos inofensivos y pasaron a una segunda parte de su ofrecimiento: ¿deseábamos regresar por nuestro auto para que lo arrastraran hasta nuestro destino?  Después de todo el auto había quedado en un paraje donde podría ser desvalijado en minutos, agregó el chofer. La oferta me tomó por sorpresa, tendrían que preguntarle a mi esposo, no sé si el auto puede ser arrastrado sin el equipo apropiado. Pararon la unidad para consultarlo y vi cómo mi esposo bajaba para enlazar la camioneta pick up con nuestro auto mediante una cuerda. Él y su acompañante de la caja se subieron a la Merry para conducirla siguiendo muy de cerca a la unidad blanca que la jalaba a través de la carretera libre Acapulco-México.

La conversación siguió dentro de la cabina, todos ya más relajados por saber que los otros no representaban peligro, y me enteré de que la mayoría eran de Chihuahua, asentados en estos rumbos por órdenes de las oficinas de su compañía del norte. Cada fin de semana se trasladaban a un cuarto que rentaban en Iguala para relajarse en algún bar o en un antro y nos invitaban a que nos uniéramos a la parranda de esa noche, después de  que tomaran un baño. Tengo que aceptar que el agradecimiento que me embargaba y mi escasa experiencia en esos ritos nocturnos, me hacían proclive a aceptar la invitación por curiosidad. No obstante, la prudencia de mi esposo fue la triunfadora cuando al llegar a Iguala los mineros le invitaron personalmente a ir de antros. Me hubiera gustado continuar la amistad con la ingeniera y su equipo, desafortunadamente no intercambiamos números de teléfono, apenas nos dimos nuestros nombres. ¡Qué lástima! No cualquier persona se detiene en la carretera a ayudar a un par de locos desconocidos vestidos de fiesta, con tacones altos, lentes para el sol y con el ánimo burbujeante. Les mando un saludo y mi eterno agradecimiento hasta la media luna.

Publicado en verticediario.com y la edición impresa el 09 de julio de 2016.


Brionna

15178086_1400946869917036_1170109055973521422_nBrionna llegó a casa la noche del 5 de enero. Es un regalo de reyes inesperado, nunca solicitado. Entró a nuestro espacio público siguiendo su sentido más desarrollado: el olfato.  Husmeó un poco dentro del local y volvió salir, se mantuvo justo el tiempo necesario para que fuera detectada por mi esposo quien pensó que venía en compañía de sus dueños. No obstante, un cliente fue quien le dio aviso de que nuestro perrito se había salido y lo regresó con él.  Sin mucha convicción mantuvimos a la perrita en espera de que alguien viniera a reclamarla. No parecía de la calle porque estaba bien cuidada. Durante tres días esperamos que alguien preguntara por ella –tampoco se trataba de ofrecerla porque cualquiera hubiera dicho que era suya-,  alimentándola y vigilándola en el inter para percibir alguna enfermedad o algún parásito, después de ese tiempo razonable decidimos llevarla al veterinario para acabar con las dudas sobre su raza y sobre su estado de salud.

Al principio, cuando era cachorrita y debido a su parecido con la raza, me encantaba pensar que era una Akita -esos perros japoneses que se hicieron famosos con la película sobre Hachiko- y que nos había elegido como los merecedores de su afecto. Sin embargo, después de examinarla, el veterinario dijo que la perrita es una mezcla de Chow-Chow y Pastor Alemán que dio un resultado maravilloso. Brionna recibe muchos halagos por su belleza: su grueso pelaje es de un color castaño claro que culmina en una cola enroscada característica de los chow-chow;  tiene ojos cafés inquisitivos e inteligentes,  hocico negro largo y fino y toda la faz distintiva de los pastores alemanes sumada a comportamientos propios de los perros de guardia y custodia que la antecedieron. Tiene una tendencia natural a la obediencia que se desperdicia porque no estamos entrenándola para que desarrolle a fondo sus capacidades como guardiana. Además, tiene un olfato finísimo que es su principal medio de conocimiento del mundo. En lo personal pude percibirlo con claridad una tarde en que, escondida tras un ventanal, la llamé al igual que al perrito que es su compañero de aventuras. Mientras Cozy necesita verme o ubicarme por la voz, el olfato de Brionna no la engaña, yo no estaba en la planta baja como el otro perro creía, la nariz le indicaba con toda certeza que yo estaba en ese hueco en donde no podía verme pero sí lograba recibir mi olor.

Brionna no ladra por cualquier motivo como Cozy, quien tiene que hacerlo para compensar su pequeño aspecto; ella se mantiene calmada hasta que percibe que existe verdadero peligro. Tiene dos debilidades: los albañiles de una obra cercana y los perros extraños que encuentra cuando la llevamos a caminar al parque, a quienes se dispone a atacar como si fuera una perra rabiosa. Cuando entra en ese trance no puedo controlarla sola, aunque se quedó en un cómodo tamaño mediano que la salvó de ser ofrecida en adopción, así que nos perdemos de grandes paseos juntas por su falta de entrenamiento.

Que soy la persona preferida para su custodia no lo noté por mi misma, me lo hizo ver mi familia. Cuando termino mi trabajo y me dispongo a descansar, el pequeño Cozy se debate entre acompañarme o quedarse con mi esposo y empieza una especie de ritual loco en donde ladra y salta tratando de seguirme a la planta alta pero sin decidirse a abandonar a mi esposo. Tengo que huir rápido o engañarlo para evitar el escándalo cada tarde. Desde que Brionna llegó controla a Cozy en sus ataques de locura.  Si tomamos en cuenta que ella es tres veces más grande y pesada, el resultado es un pequeño perro sometido con el peso de una sola pata de ella.

Han vivido varias aventuras juntos, como la mañana desesperante en que Cozy se escapó como siempre y Brionna lo siguió con torpe entusiasmo. Yo estaba sola y no me di cuenta de su fuga, reflexioné que no los había visto merodeando a mi alrededor ni los había escuchado durante un largo lapso y al buscarlos no los encontré adentro. Desde mi lugar alcancé a ver al pequeño fugitivo al otro lado de la calle, pero de la perrita nada. Mi primera reacción fue de tristeza y estuve a punto de soltar el llanto por haberla perdido, después recapacité que si la perrita se convertía en un bálsamo para las demás personas como lo había sido para nosotros, tal vez tenía algún plan divino que cumplir en otro hogar. Ese pensamiento me tranquilizó y traté de despedirme de ella en mi corazón y en mi mente. Contra todo pronóstico -gracias al aviso de una vecina que no identifico-, después de más de media hora de su salida, logramos recuperar a nuestra mascota tras una intensa movilización de mi esposo y de mi hijo por toda la colonia. Desde entonces bromeamos respecto a sus nombres: Cozy “Chapo” Guzmán y Brionna del Castillo son la pareja perfecta.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 02 de julio de 2016.


Bicis

Llegué al parque donde suelo caminar todos los días. Era una tarde mojada porque a la hora de la comida cayó una lluvia fuerte que refrescó el ambiente de intenso calor que ha predominado en la capital. Percibí escaso movimiento en el área de juegos, igual que en las veredas pavimentadas donde circulamos los pocos que acudimos a ejercitarnos. Esos mismos caminitos pertenecen a quienes rentan bicis o traen las propias. Este martes de junio la actividad es baja. Salvo el puesto de dulces y el de las bicis para rentar, una pareja en arrumacos y tres más con niños, nadie ha venido al área de juegos, mucho menos a los caminos pavimentados. En realidad los mexicanos somos muy miedosos del clima, si llueve tememos mojarnos, si hace viento frío podríamos enfermarnos de gripa. ¿O será, más bien, que el estímulo para salir a enfrentar las adversidades del clima no es  suficiente? Los mismos mexicanos son capaces de adaptarse a las peores inclemencias cuando se trata de ganar en dólares, por ejemplo.

Bueno, me dije, más oxígeno y menos obstáculos al caminar. Empecé con pasos rápidos para activar mi cuerpo. Estaría aquí por los próximos 45 a 60 minutos. El clima era perfecto, de aire fresco sin llegar a ser frío y el cielo mantenía las nubes grises de lluvia a la par que filtraba los últimos rayos de la tarde. Agradecí en mi fuero interno a todas las fuerzas poderosísimas que me han permitido llegar a este periodo de mi vida y sonreí por todo lo bueno que he pasado y por lo que me depara el futuro. Después de diez minutos de circular por las veredas y disfrutar de mi música y del fantástico clima, recapacito que sólo una niña de unos diez años anda en una bici con cuatro ruedas que le queda chica. Nos sonreímos en cada vuelta, yo distraída tratando de ubicarme en el aquí y el ahora para disfrutar de mi tiempo personal, ella como una disculpa por no saber andar en una bici de dos ruedas.

Lo que me saca del ensimismamiento es un niño en bici que sale desde diferentes direcciones y me impide concentrarme. Recapacito que tiene una complexión parecida a la mía y que anda en una bici mediana que también podría soportarme a mí. Sin pensarlo mucho me dirijo al puesto de renta de vehículos y le pregunto a la encargada si puede rentarme a mí –lo subrayo, a mí-, una bicicleta. Claro! Voy por el dinero, le digo. Diez pesos para una hora. Vi someramente las que estaban estacionadas en el puesto, pero cuando regreso y pago, percibo que la mayoría están muy usadas, además de mojadas por la lluvia. Me decido por una de color violeta que se lleva el premio sólo porque está seca y no tiene el asiento tan gastado. Es en el momento exacto en que voy a montarme que me doy cuenta que han pasado unos diez años desde la última vez en que me subí a una bicicleta.

Tengo las manos ocupadas por mi celular para la música, los audífonos colocados y estoy inspeccionando los frenos de la bici. Malas noticias: los frenos no sirven del todo y tengo que oprimirlos a fondo para detener el vehículo, además de que, tal vez, mi peso sobrepase la capacidad de frenado de un solo chicote que va a la llanta trasera. Me pregunto si fue una buena idea rentar. Al ver mis dudas, la señora encargada me dice que tengo hasta las ocho cuarenta para regresar la bici; no se preocupe voy a traerla mucho antes, le contesto. Si el vehículo o la conductora fallan, no habrá nadie que recoja mis huesos del suelo, tendré que apechugar sola con la humillación y el dolor y tendré que levantarme tratando de disimular lo que haya pasado. Sé perfectamente que la gente que está sentada sin hacer nada, estará sonriendo con sarcasmo porque una señora ande en una bicicletita. Una tan pequeña como la que tenía cuando era una niña de diez años, hace algunos lustros ya.

Todas estas inseguridades se desvanecen cuando logro dar la primera vuelta con cautela, midiendo la capacidad de los frenos, adaptándome al tamaño y a los retos de esta bici vieja y enana. La segunda vuelta es más fácil y veloz, reflexiono en que estoy disfrutando profundamente la experiencia. La bici chirria tanto que puedo percibirlo por encima de la música en mis oídos. Los frenos pueden detener más fácil el vehículo si los oprimo varias veces en lugar de una sola a fondo. De hecho la bici no se detiene, sólo disminuye su avance, así que debo instruirme en recordar que en caso de peligro debo bajar las piernas para frenar con los pies, lo cual puede ser un problema porque lo bajo de la bici hace que mis extremidades queden trabadas en la posición de pedaleo. No obstante la tarde fue perfecta. Después de veinte minutos de maravillosas vueltas en bici alrededor del parque y de mi infancia, la entregué con la convicción de que si no lo hacía, mi coxis me reclamaría al día siguiente. Y es así que hoy escribo estas páginas con dolor de mi… corazón. Jaja!

 

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el once de junio de 2016


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