Aniversario

Podría inventar que me enamoré de ti desde el primer instante y que desde entonces tratamos de ser felices. Lo primero es inexacto, lo segundo es verdadero. Yo no te vi cuando tú me viste llegando a esa fiesta con mis dos hermanas. Cuando acepté acompañarlas, decidí que bailaría sin parar. No sabía -lo aprendí esa noche- que muchos hombres temen como a nada en el mundo invitar una chica a bailar y que ella los rechace, así que encontrar una muchacha que luce bien y que acepta bailar sin discriminar fue un imán para los chicos.
Bailé con varios antes de que descubrieras que no me negaría a bailar contigo. Según me has contado, esperaste con paciencia a que alguno se descuidara en los turnos que ellos mismos se marcaban y te acercaste. Me invitaste a bailar y lo hicimos durante mucho rato, yo viéndote apenas, disfrutando de bailar aunque aguantando la pena de que la mayoría en la fiesta supiera que éramos las invitadas de los integrantes del grupo musical, las clásicas coladas. A diferencia de los bailarines anteriores, tú no respetaste las reglas del baile y ya no me soltaste. Me monopolizaste sin que eso me diera un indicio de tus intenciones hacia mí. Andaba distraída por el dolor de un amor anterior y supongo que no quería saber nada de uno nuevo.
La primera vez que te descubrí lo tengo muy marcado en mi memoria. Estaba platicando con un muchacho después de una sesión de baile y te vi de reojo observándome fijamente, interesadísimo en mi plática con él. Escuchaste, entre otras cosas, que era estudiante en la UNAM y que estaba de fin de semana en la ciudad. Me has dicho que te gusté cuando bajé del auto en que arribé a la fiesta pero cuando oíste esa conversación decidiste que yo era para ti.
Reitero que me gustaría decir que te vi a los ojos, descubrí esa decisión de amarme para toda la vida y que nos besamos con música de fondo. No fue así. En realidad esa noche terminó para mí con el cansancio y la alegría de haber bailado mucho, pero regresé a la ciudad de México con la misma desazón en el alma. Casi siempre me comunicaba cada tercer día a la casa paterna, en esta ocasión lo hice hasta el miércoles y lo primero que me dijeron era que mi hermana menor quería hablar conmigo. Rarísimo.
¿Por qué no habías llamado? Me espetó. Tengo mucho trabajo en la escuela. Tonta, acá te anda buscando el muchacho con el que bailaste. ¡Uy! Si bailé con muchos. No, el último. Me di cuenta de que mi atolondrado corazón compungido no recordaba tu rostro a pesar de que habíamos convivido, bailado mucho y platicado un poco. Mi hermana me dijo que la próxima fiesta sería en quince días y que tú me estabas esperando para invitarme.
Sé cuándo decidí que eras para mí: Fue en una cafetería cuando me contabas que desde que tenías memoria, estudiabas y trabajabas para ayudar a mantener a tu familia, de quienes fuiste el principal sostén durante muchos años. Me dije ¿Cómo puede un niño asumir la responsabilidad del padre alcohólico de nueve vástagos sin perder esa sonrisa? Me enamoré.
Han pasado veinticuatro años desde esa tarde de mayo de 1988, aunque nos hicimos novios en julio y nos casamos el 18 de noviembre del año siguiente. Sigo enamorada de ti. Me encantas todo, me fascinan tu sonrisa y tus manos, me agradan tu entusiasmo y tu tenacidad. Doy gracias a la vida por que me hayas elegido esa noche de fiesta en que nos conocimos.

Publicado el 17 de noviembre de 2012 en verticediario.com y su edición impresa.

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Mar de historias

¿Que soñé anoche? Contigo como muchas veces. En mi sueños me convierto en la mujer que quiero ser, aunque anoche perdí mi bolso de mano, una obsesión en la vida real que casi no suelto. Te decía, veía al papá de Rodrigo Murray, don Guillermo, enamorado de mí en este sueño y yo encantada de que un hombre tan guapo –lo recuerdo de hace dos décadas, tal vez- estuviera pretendiéndome y me gustaba la sensación de caminar a su lado.

Después de encontrar mi bolso perdido que yo recordaba negro -era rojo vino brillante y estaba dentro de una bolsa dorada más grande-, intacto en la misma tienda donde lo había dejado días atrás, Guillermo me decía que fuéramos a caminar al muelle que había construido para mí. Alrededor del muelle había tejido una red –de estambre, no de cáñamo- que iba desde el barandal hacia arriba impidiendo que alguien cayera desde él. Caminábamos hacia el mar tomados de la mano pero antes, al subir las escaleras del muelle, pasaba junto a ti. Sentía tu mirada recorrerme y reclamarme blandamente por traicionarte. Sabía, sin embargo, que me perdonabas y me seguías queriendo. Pensaba: tengo que darme la oportunidad de disfrutar junto a Guillermo porque es mayor, después podré disfrutar contigo porque eres más joven.

En mi ilusorio sueño yo daba por hecho que sobreviviría a una relación con Guillermo y podría retomar nuestros lazos sin ningún problema. Por eso cuando pasé junto a ti de la mano de Guillermo hacia el muelle me sentí admirada y deseada por ti, de una manera tan intensa que vibré de deseos de estar contigo. Sin embargo, sólo me acurruqué junto a Guillermo y lo seguí tomada de su mano, oyendo todo lo bonito que tenia que decirme: su amor por mí, sus anhelos de darme todo lo que pudiera y yo me sentía princesa en cuento de hadas o protagonista de telenovela.

Aquí viene la contraparte. Cuando estábamos al final del muelle, rodeados de la red de estambre hacia el cielo, percibí la presencia de alguien más y vi cómo Guillermo se disgustaba por que la persona que estaba detrás de nosotros era un mujer joven que se acercaba a decirle algo, él me tomó de la cintura y como sólo puede pasar en los sueños, nos deslizamos por la red de estambre desde el final del muelle hasta las escaleras. Tomamos la dirección contraria a la joven, quien empezó a seguirnos. Guillermo me decía en el oído no quiero exponerte a nada a mi lado y me llevaba hacia una casa en donde entrábamos muy rápido para escondernos de las miradas ajenas.

De pronto, ya no era yo quien estaba a su lado, era una tercera observando cómo Guillermo le quitaba a la mujer la capa que la cubría desde la cabeza y veía con ansiedad que era una mujer mayor como él, a quien yo reconocía como una actriz americana de antaño, que había sido muy hermosa y hoy la veía acabada. Observaba desde unos pasos atrás como Guillermo trataba de arreglarle el cabello y luchaba contra la decepción de verla desaliñada y vieja. Me repetía en voz baja esa no soy yo, no soy yo. Sólo estoy aquí, en este rincón, atestiguando todo.

¿Te das cuenta? En mis sueños evado la posibilidad de quedar mal, soluciono los problemas que se me aparecen para sentirme segura y querida. Me presento como una mujer amoral que tiene la oportunidad de escoger a su galán en aras de su personal interés de disfrutar en orden cronológico a sus amantes. No sé si los demás acomoden su vida en los sueños, !yo sí lo hago!

Marita Franco Heredia

Publicado en Verticediario el 31 de marzo de 2012.